Guión: Luis Peñafiel (pseudónimo de Narciso Ibáñez Serrador)
Dirección: Narciso Ibáñez Serrador
Reparto: Antonio Casas, Gemma Cuervo, Jesús Aristu
Fuente: basado en La barrica de amontillado, de Edgar Allan Poe
Fecha de emisión: Algún viernes de 1966
Duración: 50 minutos aprox.
UNO: PUEDES BEBER DE LAS MÁS SUBLIMES FUENTES…
Si siguen ustedes mensualmente esta revisión del clásico HPND, le sonará el título de este epígrafe como idéntico al del mes anterior. Y tienen toda la razón. Pero es que es de lo que se trata. NIS confiesa en algún momento que, cuando él se ocupaba de versionar los relatos para TV, lo que hace es partir del final original y, a partir de ahí, reescribir la historia respetando en lo posible el material original. Vale. Vemos cómo eso le hizo pifiar la anterior entrega, El Pacto, basado en el Valdemar de Poe. Esta vez también recurre a Poe, y también lo desvirtúa, pero está algo más atinado en su recreación y consigue hacernos olvidar que estamos asistiendo a la descontextualización de otra joyita literaria. No tan redonda como la anterior, es cierto, y también más abierta a versiones y sub-versiones. Hablamos, por supuesto, de La barrica de amontillado.

DOS: DE UN PERSONAJE INQUIETANTE A UN PAISANO EN EL CASO
La historia de Poe es tan ambigua, tan centrada en el suceso, que está abierta a todo tipo de conjeturas. En el cuento sólo se hace referencia al asesinato de Fortunato por parte de Montressor. Nada sabemos de los motivos que le empujan a tal acto, si están fundados o es simplemente un loco psicópata, nada sabemos de la ciudad ni de la época exacta de los hechos narrados. Una perita en dulce para alguien como NIS. El orfebre sólo tuvo que encastrar una historia en la gema ofrecida por el americano. Y lo hizo bien, aunque no se comió mucho la cabeza.
Básicamente lo que hace es perpetrar una historia de infidelidades que para no soliviantar a censores patrios sitúa en Francia, como si en la piel de toro no existiese el engaño, los cuernos y la violencia machista, esa que supuestamente ahora se cura llamando al 016. Un triángulo de deseo y sexo. El viejo Jean Samivet, su urbanita esposa Teresa, y el joven buhonero Maurice Frépaux, acogido en casa del matrimonio durante unos días para el trueque anual de la vendimia. Y sucede lo que tiene que suceder. Teresa, cansada de su vida pueblerina y hastiada de la dura inactividad que como esposa de vinatero le he tocado en suerte, escucha los cantos de sirena de Maurice, que sólo quiere echar un polvo -y lo consigue- antes de poner pies en polvorosa. Todo ante las narices del viejo y amigable Jean, quien un rato antes nos ha confesado que él no moriría por amor, pero sí mataría.

TRES: CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA
Y poco más. Teresa lleva la palabra cadáver tatuada en la frente en todo momento. El viejo Samivet, interpretado por Antonio Casas, se nos muestra cruel e inmisericorde bajo una máscara amable, algo así como el reverso tenebroso de un, pongamos por caso, Chanquete. Gemma Cuervo ya nos demostró entonces que tampoco allí podía vivir, y Jesús Aristu hace con su buhonero un ejercicio de excesos, confundiendo la vehemencia con la sobreactuación. El alcalde, apenas el único personaje restante con frase, se limita a ofrecer su discurso por duplicado, dándole el toque adecuado a su más que visible hastío anual.

CUATRO: COMO ME ABURRÍA….
No dejo de pensar todavía hoy que lo que de alguna forma nos muestra NIS es la salvaguarda de los arcaicos valores españoles de la época. En todo momento se nos muestra a Samivet como un hombre cabal, orgulloso de su trabajo, de su persona y de su extirpe, un vinatero de manos recias por el duro labrar. Teresa, en cambio, más joven que él, se nos muestra antojadiza, pusilánime, sumida en un matrimonio en el que nunca ha creído y al que no respeta porque su egoísmo está por encima de sus obligaciones y su observancia del sagrado sacramento. Y por último Frépaux, la juventud impetuosa, el saco de hormonas que hará lo que sea por satisfacer sus instintos, aunque para ello tenga que socavar los cimientos de la muy noble institución matrimonial… ¿No pueden ser trasuntos del Régimen (Samivet), la industrialización y el éxodo a las ciudades (Teresa) y los movimientos sociales que estaban calando o ya lo habían hecho en el resto del mundo (Frépaux)? De esta forma puede explicarse que el director se alinee más con el personaje que representa la reserva espiritual de Occidente -no seré yo quien diga que lo haga por decisión propia-, ya que en todo momento se nos muestra como un personaje digno de admiración, no como el asesino que se nos presentaría hoy en cualquier parte televisado.

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