En este cuarto capítulo, los ataques al show business se dan por terminados. Es plaza conquistada. Este episodio es en realidad el primero, pues se escribió como piloto, y es el que da fe de que todo lo que les hemos contado hasta el momento fue una prioridad, por encima de la creación de los personajes que luego pasaron a la historia. Por si un fracaso de audiencia no permitiese desarrollar los Teleñecos, había que dar las patadas por delante. Cuando les dijimos “luego vendría todo lo demás“… venía a ser prácticamente ahora.
El cuarto episodio de los Teleñecos tiene como invitada a la actriz Ruth Buzzi, que debe su fama al programa Rowan & Martin’s Laugh-In, que es el que imitaban o parodiaban Los Teleñecos en esos bailes con one-liners que han rellenado minutos en todas las entregas hasta la fecha. Yo debo toda mi admiración a esta Ruth Buzzi después de descubrir que, pese a haber nacido en Westerly, Rhode Island, ella luego insistió entrevista tras entrevista en que era originaria de Wequetequock, Connecticut… sólo porque era más gracioso. Sacrificar la propia biografía en pos del humor es el máximo que se le puede pedir a un humorista. Bravo por ella.
El número de arranque de esta entrega es una pieza musical: la banda Doctor Dientes y el Caos Eléctrico interpreta Sonny, un clásico del ciego Bobby Hebb que le valió ir de gira con los Beatles y de la que se han publicado cientos de versiones, desde Boney M hasta Frank Sinatra, pasando por Robert Mitchum. Esta pieza es un punto de inflexión en el futuro desarrollo de Los Teleñecos. El bigotudo Dr. Dientes -una suerte de Willie Nelson doblemente peludo- y Zoot -el saxofonista íntegro y hip- se ven de pronto sometidos a la dictadura del baterista Animal, que va a convertirse en protagonista con una única palabra, que va a repetir insistentemente: “Faster!” Efectivamente, cada estrofa, Animal obligaba a la banda a tocar más y más rápido, obedeciendo a un instinto básico que convierte las baladas en piezas para bailar botando, y que explotaría en las listas de ventas en los noventa, con versiones aceleradas de clásicos de los sesenta. Todos caen rendidos menos Animal, que irá encarnando en el imaginario general al rockanroll inconsciente y sin solfeo. O sea, a nosotros.
¡Más rápido, Dientes! ¡Mata! ¡Mata!
El numero sigue con Scooter presentándole a Gustavo el último modelo en presentadores del televisión automáticos: un robot Gustavo que funciona dándole cuerda. El robot encierra al Gustavo original en la caja aclarándole que tiene que obedecer porque el padre de Scooter es el dueño del teatro.
A ver si adivinan cuál es el falso
Le sigue el tradicional set de chistes sacados de Rowan & Martin’s Laugh-In, que se cierra con Animal -que se ha emperrado en ser la estrella de la noche- estirándole las piernas a Statler, uno de los abuelos del balcón. Y tras eso, Gustavo, recién salido de la caja, tiene una experiencia ante el espejo con el Gustavo robot que alude al clásico sketch del espejo que Groucho Marx realizó en Sopa de Ganso. Si recuerdan a Lydia en el episodio 2, de darán cuenta de que los creadores de insistían mucho en que emparejáramos a Gustavo con Groucho.
Tras todo este desbarajuste, Sam el águila -el americanismo encarnado- nos presenta a “las únicas personas del programa que son normales y en las que se puede confiar“. Son Wayne & Wanda, dos peluches con rasgos humanos y una etnia evidentemente caucásica.
“Noticia de última hora” -interrumpe un presentador de telediario cuando Wayne & Wanda se hunden con su bote-: “han secuestrado el océano atlántico. La primera en darse cuenta fue la farera Mary Patterson, cuando cinco mil peces llamaron a su puerta pidiendo agua. Los secuestradores piden dos navidades por año y que mamá les abrace cada noche“. Si antes Sam nos dejaba entrever los conflictos raciales, aquí se filtra la internacional terrorista con sus secuestros reivindicativos. También son tiempos revueltos para los peluches.
Por fin aparece la estrella invitada, que le canta aquello de “can’t take my eyes off of you” a un peluche de tamaño humano que insiste en que no quiere montárselo con la actriz. Buzzi no tiene problema en que la tiren por el suelo y que la pisoteen por el escenario. Amor violento que se solventa a sillazo limpio: “es mi tipo de mujer“. Le sigue Rolf el pianista interpretando una pieza gastronómica: “nunca le he hecho daño a una cebolla, porque me hacen llorar“. El humor físico de la época, en dos escenas, condensando sutilmente aquello de “la mujer, de la cama a la cocina, y por el pasillo a hostias“, convertido en espectáculo de humor. Eran otros tiempos.
Por si no quedaba claro, Gustavo y Buzzi hablan un rato sobre el comer, las grasas y lo malos que son los productos lácteos, porque hablar con las féminas sobre política internacional está mal visto. De ahí saltamos al oso Fozzy, cuyo número es constantemente interrumpido por los abuelos del balcón, que arrancan todas las risas, para indignación del cómico profesional, que lo da por bueno porque lo importante es hacer reír. Pero es un intermedio aislado: Los Teleñecos vuelven a conjurar fantasmas de la actualidad mediante un sketch situado en un interrogatorio. Buzzi es una espía rodeada de muñecos que tienen “métodos para hacerla hablar“. Buzzi empieza a largar y no para, con lo que los interrogadores tienen que optar por amenazarla con “métodos para hacerla callar“.
El espítiru de la internacional terrorista
Pero este es el programa en el que los personajes empiezan a definirse, y Peggy tiene su momento especial: le tira los tejos a Gustavo (”al fin estamos solos“), Gustavo pasa (”al fin estás sola tú“), Peggy se lamenta a lo Shakespeare, se encierra en su camerino y se encuentra con el Gustavo mecánico. El robot le tira los tejos a la cerdita. Termina susurrándole cochinadas a la cerdita (con perdón), que se indigna, y le suelta un sopapo a la rana… original. Tres minutos centrados en Peggy, que por fin apunta los argumentos que la convertirán en un icono.
En la presentación de último sketch, Sam el águila le confiesa a Buzzi que él se encarga de vigilar que todo lo que sale en el programa es moralmente correcto, por si alguien no había pillado la metáfora antes. Suena una pieza musical de rednecks cantando entre balas de paja. Pero inmediatamente la sigue una tertulia de intelectuales para subir el nivel académico del programa, que termina derivando en un programa de aerobic. Cierre con Los Teleñecos propasándose en grupo con la invitada bajo la excusa de hacerle cosquillas.
La intelectualidá
Esta es la segunda fase de Los Teleñecos: el sketch por el sketch, el ataque al orden norteamericano encarnado en Sam y la aproximación hoy incorrecta a la terrorífica actualidad mundial de los periódicos. Antes de poder articular una historia propia, tenían que hablar de la de los demás. Como ven, hubo un tiempo en el que los peluches hablaban de lo que daba miedo.
El conservadurismo de peluche, con señora al fondo.
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January 8th, 2008 a las 7:36 pm
Si hubiera un botón para hacer la ola tendría usted que ir siempre en chubasquero.
Alvy Singer :
January 8th, 2008 a las 10:50 pm
Hay otra versión del ciego Hebb que incorpora unos saxos locos y que sirve de transición entre el loco swing de Mitchum y el Boney Emeísmo y que concuerda muy bien con el muppet-style.
La de Marvin Gaye. Ojo al clímax final.
http://www.youtube.com/watch?v=kOJ5T8wsyTs
Estupendo trabajo, como siempre.