Aquí en España, nos gustan mucho las historias donde las estrellas caen en el ridículo, y no nos cansamos de que escuchar aquella actuación en la que la celebridad tocó fondo en público. En nuestra elitevisiva opinión, no son los momentos peores. Para una verdadera estrella, no hay nada tan deprimente como los momentos de mediocridad. De insultante mediocridad. El capítulo de hoy es uno de esos momentos funestos para una leyenda. Es una entrega mala, y lo que es peor, mediocre.
La estrella de esta noche es Florence Henderson, cuyo currículum destacable se limita a ser la mamá Carol de La tribu de los Brady (lo que ya le valió de por vida como pasaporte a la mitología pop de gente que es saludada repetidamente por la calle) y a ser una invitada constante en Hollywood Squares ‐el original de lo que aquí fue Vip noche-, una frecuencia que nos da a entender que la llamaban cada vez que un invitado destacado declinaba la invitación a última hora. En la web actual de Florence Henderson suena permanentemente la sintonía de los Brady: es un detalle que lo dice todo.
El show arranca con un más difícil todavía: los cerdos acróbatas Hermanos Borcellino. Es un más difícil todavía porque es un número de acrobacias en las que no puedes enseñar a los personajes de cintura para abajo. Solventan el problema formando con los personajes una pirámide en la que los muñecos se pegan mucho, mucho. Acaban perforando el suelo pero no hay catástrofes. Quiero decir, no asoma el brazo de ningún titiritero. Porque en los capítulos que hemos visto hasta ahora, han salido brazos, y también han salido caras. En general, barbudas. Al final de la actuación, George el encargao se niega a fregar el rastro de los cerdos, y Gustavo le sugiere que igual es mejor cambiar de trabajo. “¿Cómo?” ‐le responde el encargao- “¿y abandonar el mundo del espectáculo?”. El detalle deja ver que quedan remanentes de los Teleñecos primigenios, y sus misiles contra el café cantante.
Un desastroso sketch de casas que hablan ‐ventanas de ojos, puerta de boca- da paso a un número musical con Henderson en el que no hay nada gracioso y donde se supone que el espectador debería ser hipnotizado por la prodigiosa magia técnica del fundido. Tristísimo. Florence ya nos deja claro que va dar poco juego. En bambalinas, Gustavo echa a los cerdos semiacróbatas, pero es sometido por la cerda acosadora. Y luego, el baile de los one-liners. El capítulo cae en picado antes de levantar cabeza.

Una escena onírica, de sueño, que produce exactamente eso.
En un aparte, Gustavo se pone romántico con Henderson, y Piggy la interrumpe con celos. Otro sketch desastroso. Fozzie acude al piano para cantar una canción de Winnie the Pooh (un nombre que nunca he entendido porque poo es literalmente caca). Le sigue un programa tertulia (“para subir el nivel intelectual del programa”) que discute si Shakespeare era en realidad Francis Bacon. Se empieza confundiendo a Bacon con la panceta, y se acaba abundando en chistes sobre cerdos. El sketch se cierra con la invasión en masa de los cerdos semiacrobáticos. En bambalinas, Gustavo manda callar, y luego manda callar a los que mandan callar. Piggy acaba de nuevo encima suyo. El lucimiento en expresiones faciales de Gustavo ‐no hay que olvidar que lo manjea el jefe- es el primer asomo de talento, ya superado el ecuador del programa.
Fozzie a escena. Hoy: imitaciones de grandes actores. Primero, Bogart en Casablanca. Segundo, Cagney en Mister Roberts. Hay un tercero que no entiendo. Le salen todos iguales. “Es que todas me las ha escrito el mismo guionista”. Los responables del programa deciden que la forma de salvarlo es poner a Henderson cantando “Happy together” rodeada de monstruos. Se equivocan. Y encima, con todo el cuidado que habían tenido con los cerdos acrobáticos, aquí asoma el brazo de Henson que da gusto.
El negativo de la Scream Queen. Pero el negativo completo.
Más Gustavo vs. Piggy , celosa de Henderson. Más cerdos acróbatas cruzando. Más Henderson con monstruos, pero esta vez sólo uno y muy grande. El horror.
Esto sólo lo pueden salvar los clásicos, así que Gustavo agarra su gabardina y su micrófono para convertirse en el celebérrimo Reportero Dicharachero. Está de corresponsal en el planeta Koozban y nos va a narrar los rituales de apareamiento locales. Hablar de cómo se liga siempre mola, pero más aún cuando, a las demostraciones de macho alfa, la hembra responde con permanentes carcajadas. De paso, hay una verdadera acrobacia, que se consigue lanzando el peluche por los aires, como un pelele. Delirio de percusiones que termina en explosión. Y en Kozzbanianos pequeñitos. Por fin un momento digno del mito de los Teleñecos.

Para salvar lo insalvable, pon gente que quiere aparearse.
Acaba el show. Henderson besa a unos peluches que harían mejor en patearla. Cerdos acróbatas emulan a los castellers catalanes haciendo uno de cinco de uno sin forro. Caen juntos porque están pegados. Y con ellos, cae todo el equipo. Un desastre. Un día para olvidar, que, como en los clásicos, sólo ha podido salvar el amor, al final, y por las bravas.
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