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Los Teleñecos - S01, EP10 - Un final de los nuestros

Raul Minchinela, July 23rd, 2008

En lugar de ceñirnos al capítulo, esta vez acudimos primero a la presentación que realiza, en la edición comercial, Brian Henson, hijo de Jim Henson. Transcribo y resumo:

“los guionistas de humor son geniales creando comienzos… pero luego no se les ocurre como terminarlos. Os contaré uno de los grandes secretos de los Teleñecos: a mi padre se le ocurrió que si no sabes cómo salir, optas o por explotar algo, o por comerte algo, o bien lanzas pingüinos por el aire”.

Vamos a tener muchas explosiones, pocos objetos que se coman en escena, y ningún pingüino volador. Pero definitivamente, nos vamos a quedar con el final.

Nuestro invitado del día es Harvey Korman, ganador de cuatro Emmys por sus intervenciones en el Show de Carol Burnett, donde era el segundo cabeza de cartel (si eso se puede aplicar en un programa que luce en el título el nombre de un componente del reparto). Allí convirtió en un arte las expresiones faciales de desprecio (que los ingleses condensan en el término sneer), que, según su hija (de Korman), había tomado calcando los gestos de su abuela. Puso su voz al extraño alienígena Great Gazoo de la serie Los Picapiedra (que era el alma del Mr. Mxypztlk de Superman, y el aspecto de la Hormiga Atómica). Apareció en cuatro películas con Mel Brooks (particularmente, Sillas de montar calientes), más dos secuelas de la Pantera Rosa. Y en este capítulo de los Teleñecos luce un aspecto inquietantemente equidistante entre Benny Hill y Arturo Fernández. Va a ser el primer guiño de una larga serie de sugerencias turbadoras.

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Chatina. Que nos están viendo. Joder-joder-joder.

El capítulo empieza con un chiste que el propio Fozzie no entiende, rematado con Crazy Harry (una especie de Igor de Frankenstein) apareciendo entre los abuelos con un detonador en la mano, y con una canción interpretada por Dr. dientes y el Caos Eléctrico, la banda titular de beatniks sicodélicos de los Teleñecos. Su tema, “Te querré hasta la muerte”, está rodeado de pirotecnia, es decir de explosiones, hasta que una les explota en los morros.

Empezamos, pues, con confusión, terrorismo y jóvenes rebeldes y ruidosos. Desde su balcón, por problemas con el audífono, Statler piensa que la pieza musical era un número de pantomima. Y ya la acaba de liar, porque evoca una idea ciertamente terrorífica: el mimo con explosivos. Imaginen ese video reivindicativo, con el grupo terrorista maquillados de blanco, y reclamando la independencia gesticulando esa sempiterna jaula invisible. Se me ponen los pelos como escarpias.

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El terrorista, infiltrado entre los cínicos, con regusto a científico loco.
¿Qué más quieren?

La creciente fama de Animal entre los seguidores del programa cuaja en una entrevista de Gustavo al baterista, sentado al instrumento. Ya saben que principalmente dice su nombre (como el Timmy de South Park, por poner un ejemplo), que no articula los sujetos de las frases, y ya saben que indica los números golpeando la cabeza contra un timbal, así que imaginan la confusión. Le siguen las casas que tienen ventanas por ojos, pero ese horror, por fortuna, sólo dura segundos.

Por fin aparece nuestro protagonista, caracterizado de domador en jaula. Nos presenta a una bestia feroz pero en realidad es un trozo de pan que relee a Balzac. Otra idea inquietante: El domador de intelectuales. Yo eso quiero verlo antes de morirme. Con su jaula y con su látigo.

Ya puestos con los intelectuales, viene un programa debate moderado por Gustavo. El tema: “Cuál es el significado de la vida”. Korman saca el arma principal de su arsenal, ese gesto de desprecio, a una Piggy que le niega que la vida sea como un partido de tenis, mientras el resto giran la cabeza intervención tras intervención. “Así es la vida“.

Momento del baile de one-liners, antes de que el pianista Rowlf y el perro mascota Muppy interroguen a Korman sobre la Ecología: “para ti es fácil, pero si desaparecen los árboles, para nosotros es un problemón”. El tema del fin del mundo. Eso, calmando. Le sigue El caos eléctrico (quiero decir, la banda de antes), que toman el escenario para interpretar un Jam, luego rebautizado a “El Jam del goloso”, o mejor, si me permiten un aragonesismo más fiel al original, “El Jam del morroputa“.

Gustavo le pregunta a Korman qué le parece lo que llevamos de programa. Es una pregunta habitual, a la que los anteriores invitados siempre respondían “genial”. Korman responde con un sucinto: “¿Quieres la verdad o quieres que seamos amigos?” Prgoresivamente, Korman se queja de ser el único humano del programa, lo que deja entrever la queja de Adán y aquello de “no es bueno que el hombre esté solo”. No captan el mensaje y optan por una secuencia que les resultará familiar:

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Llega una horda de teleñecos que lo aborda, y sale convertido en un híbrido de pollo.

La imagen les sonará, claro, si han visto la película La Parada de los Monstruos, de Tod Browning.

Hoy, definitivamente, todo es inquietante.

Le sigue el serial “Hospital veterinario”, en el que los animales son los doctores y los muñecos antropomoides son los pacientes. El paciente tiene gases y explota. Sale al paso el Águila Sam y su corrección, dando paso a su siempre ordenada pareja Wayne & Wanda. Wanda concentra su actuación en chupar plano, y Wayne la saca de una patada. Ah, la corrección…

Es el momento del monólogo de Fozzie, que agarra a Gustavo justo antes de que abandona la escena. Va a probar sobre él el chiste más gracioso del mundo. Este número será uno de los grandes clásicos de los Teleñecos, con Gustavo interrumpiendo fuera de tiempo gritando “¡dios mío, el humorista es un oso!”. Es un homenaje a las confusiones de Abbot y Costello que aparecerá en bastantes vinilos de los muñecos. Y que recuerda a las intervenciones de Arroyito y Pozolón, en las que el chiste final es lo de menos.

Noticias: un boxeador ha ganado a todo el mundo, y va a defender el título luchando contra sí mismo. Otro número que recuerda a Faemino y Cansado, y que ya hicieron los Monty Python, pero que aquí se limita a una entrevista, sin autobofetadas. Da pie a otro momento clásico: Robin, el sobrinito de Gustavo, canta “En medio de la escalera”, insistiendo en que no es ni arriba ni abajo. He dicho que es el sobrino de Gustavo, pero esa revelación es futura, obligada por el éxito de la baladita. Les juro que fue un bombazo, supongo que como tema infantil. Aunque es bastante lento para nuestro estandar de canción infantil. No sé. Igual también daba miedo, ese no poder moverse del centro de la escalera, como el salón del Angel Exterminador. Buñuel con peluches. Más vale que eso termine pronto.

Pues sí. Llega el final. Atentos. Korman se despide aún con el traje de pollo, rodeado de peluches, léase de monstruos no humanos.

En el prólogo comercial del capítulo, nos habían enumerado los finales de sketch los Teleñecos: una explosión, comerte el objeto, lanzar pinguinos… Pero tal vez lo habían hecho para que no nos fijáramos en el verdadero final del programa: recrear uno de los momentos más turbadores de la historia del cine. Me temo que ninguno de los que vieron este episodio acudieron a visionar La Parada de los Monstruos, pero es revelador darse cuenta de que los guionistas decidieron mantener ese final hasta el final. Es la diferencia entre un running joke y una decisión militante: la conciencia. En cierta medida, los guionistas demuestran así ser… unos de los nuestros.

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