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The Prisoner - S01, EP01 - Arrival

Dr. Zito, November 25th, 2007

La experiencia de contemplar por primera vez El Prisionero supera a muchas otras iniciaciones más extendidas y publicitadas. Y visionar su primer episodio es comparable a observar una prueba de slalom gigante e hipnotizarse con las elegantes y en ocasiones atrompicadas maniobras que el esquiador ha de realizar sobre el níveo fondo para sobrepasar cada puerta, una a una, izquierda y derecha, camino a la meta. En Arrival, el escenario no es pura nieve, sino que está repleto de colores, de niveles, obvios y superficiales unos, recónditos y secretos otros, que iremos descubriendo a medida que el personaje principal vaya recorriéndolos. Como el Daniel Craig de Casino Royale o el Doctor Who tras cada regeneración, McGoohan es un lienzo, de nuevo, blanco, un hombre que se inventa a si mismo a cada paso, un continente sin contenido que ira colmándose a medida que transcurre la acción y puntúe con poderosos brochazos su propio retrato. Este vacio, esta predisposición, nos hace imbuirnos en la realidad absurda que el protagonista va a vivir, en el universo perfecto y engrasado en el que despierta como si fuera una de nuestras peores pesadillas, esas tantas veces explotadas por el cine en la que todo parece normal y cotidiano hasta que un detalle mínimo desmonta nuestro provisional constructo de lo real.

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Porque nada parece desacostumbrado cuando McGoohan despierta en una habitación idéntica a aquella en la que fue drogado durante los créditos. Cada objeto en su sitio. Su hogar. Su mirada inquiere y se pregunta si todo no fue más que un sueño. Hasta que levanta la persiana y advierte que no se encuentra en Londres, sino en un lugar de arquitectura arcana e inverosímil. Para nosotros esa es también la primera oportunidad de apreciar Portmerion. Y lo haremos a continuación al detalle, porque en su frenético periplo por las desiertas calles – el entrecortado montaje de ocupa de ello- McGoohan nos servirá de cicerone. Pronto aprenderemos que cada lugar esta rotulado, indicado, como si de un centro comercial se tratase y que las preguntas no son bienvenidas (“Usted es nuevo aquí”) sino aceptadas con flemática indiferencia.

Este viaje constituye la toma de contacto con la evidencia de una minicomunidad que funciona a pleno rendimiento, con sus anuncios por megafonía – siempre hace un día precioso- con sus costumbres propias, como el mítico saludo y despedida – Be seeing you- acompañado del gesto que cierra con los dedos un circulo delante de nuestro ojo. Este juego de doble sentido entre “nos vemos” y “te estaré observando” revela ese omnipresente lado siniestro, ese abrumador desasosiego que subyace en la aparente placidez de The Village.

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Sin solución de continuidad, el trayecto de McGoohan entra en la dimensión cruel y numérica sobre la que se construye esta realidad alternativa que apenas ha comenzado a explorar. Su teléfono suena, en el vemos un número 6, y desde el otro lado se le pregunta si esa es su cifra y se le informa de que un tal Número 2 desea verle, allá en la cúpula verde. Introducido por el mayordomo enano –único personaje de la serie en aparecer junto a él en todos los episodios- como si se tratara de un Caronte en miniatura, McGoohan realiza el transito entre la orilla señorial, lujosa y elegante y la otra, la del Hades computerizado, automático y violáceo donde una silla Eerno Aario aparece, gira y nos descubre a un caballero, Número 2.

Esta escena resulta clave, pues introduce las premisas argumentales y deja bien a las claras las razones por las cuales McGoohan , el hombre sin nombre, se convertirá en Número 6. Aquí aprendemos primero que “Ellos” desean averiguar los verdaderos motivos detrás de su renuncia, pues se ha convertido en un agente en posesión de información demasiado valiosa, y segundo que el esplendoroso lugar que acabamos de visitar sirve para contener y detener a otros agentes en similar situación. “Ellos” ya conocen prácticamente todos los detalles de su vida: Su infancia, su juventud, sus viajes, su desayuno habitual (aunque desconozcan su fecha de nacimiento, que éste les proporciona educadamente y que resulta ser la autentica fecha de nacimiento de Patrick McGoohan). “Ellos” siempre han estado ahí, observándole, registrando cada movimiento suyo. Y resulta evidente que llegarán hasta cualquier extremo necesario para conocer sus motivos, para conseguir incluso que Número 6 anhele confesarlos. Esta escena por tanto establece la doble confrontación que constituye el engranaje de la serie: Ambos oponentes sospechan de las falsedad del otro y tratarán de averiguar qué esconde su rival tras su máscara de realidad respectiva; Número 6 detrás de su dimisión y The Village tras su sistematizada felicidad.

Llegados a este punto, es revelador reseñar el origen del argumento de El Prisionero. Como mencionábamos en los créditos, y aunque en contencioso con McGoohan, podemos afirmar con cierta confianza que la idea primigenia correspondió a George Markstein, no en vano coguionista de este primer capítulo junto con David Tomblin. Markstein descubrió que el Ejecutivo de Operaciones Especiales británico había creado y mantenido durante la Segunda Guerra Mundial una “nevera” en Inverlair Lodge, Escocia, a la cual se mandaba de “vacaciones” a agentes que pudieran representar un riesgo para la seguridad nacional porque “sabían demasiado.” Este argumento se adaptó también en el episodio Colony Three de Danger Man, (serie de la que Markstein, recordemos, era ayudante de guión) y durante el cual John Drake/Patrick McGoohan se infiltra en una falsa village británica construida tras el Telón de Acero con el fin de entrenar espías (esta idea fue de nuevo reciclada por Markstein en su novela The Cooler). Nosotros, el espectador, no necesitaremos colonias, ni persuasión, ni interrogatorios, ni torturas. En esta misma escena se nos desliza de forma sutil la autentica razón que impulsó a McGoohan a dimitir. Nosotros le creemos (¡hemos visto los créditos!). “Ellos” pretenderán que Número 6 confirme o niegue estas razones, él se resistirá, y así fluirá el argumento. Pero el público ya las conoce desde buen principio (si ha permanecido atento). Lo que acontecerá a partir de entonces, en realidad la totalidad de la serie, nos hará compartir esas razones con él: Porque como pronto quedará claro, es imposible discernir cuál de los “dos lados” controla The Village.

Desde este punto de vista, el guión del episodio es canónico y ortodoxo para con la parafernalia de la spy fiction. En Arrival hay juegos con la identidad de Número 2, con mujeres engañadoras y engañadas, con funerales amenizados por Strauss; hay traiciones, complots, dobles juegos y hermosas agentes (con cofia); hay muertos que regresan de sus tumbas, electropases, falsas vías de escape y varios fracasos. Todas estas líneas, bastante convencionales, nos brindan no obstante un entretenimiento de primera, 50 minutos densos en intriga, acción y acontecimientos. La presencia de Markstein y Tomblin garantizan que la trama no acabe siendo predecible o aburrida. El twist final es sorpresivo y aleccionador de las dobleces y espejismos del paisaje de The Village. Pero estos clichés, si se quiere, contrastan con lo bizarro de determinados aspectos -la extraña decoración interior de la vivienda de Número 6 y su inquietante muñeco de madera; que los habitantes sentados en la sala de espera de la oficina de empleo tarareen al unísono idéntica canción. Este componente fantástico fue cobrando paulatina fuerza a medida que McGoohan fue tomando el control de la serie. Y se demuestra en detalles que emergen con tremendo vigor y acusado individualismo, y que en ocasiones él mismo impuso, como por ejemplo el uso del velocípedo como imagen corporativa de The Village o el siguiente manifiesto, uno de los primeros y más impactantes que Número 6 elabora:

I will not be pushed, filed, indexed, briefed, debriefed or numbered. My life is my own.”

Ambas vertientes, la convencional y la mágica, se imbrican perfectamente gracias al magnetismo de McGoohan, cuya interpretación y carisma nos atrapa desde el comienzo. Sólo así semejantes frases permanecen absolutamente creíbles. Él es la autentica estrella, desde el preciso momento en que le vemos corretear por la villa, angustiado, por primera vez. Sus declamaciones, sus medidos gestos de indignación, rabia y sarcasmo consiguen que la pantalla nos succione.

Por encima (o por debajo) de todos estos elementos, el episodio nos ofrece una representación, un primer esbozo, de una sociedad despersonalizada donde, evidentemente, los nombres son reemplazados por números. Una distopía de vestuario colorido y atemporal – chisteras, sombreros de paja, capas- , incansables y disparatados anuncios (“El sabor del día es fresa”) y alegre música de ambiente; una fiesta continua á la Renoir. Número 2 demuestra a Número 6, nos demuestra, que siempre podemos formar parte del sistema si estamos dispuestos a no preguntar, a responder a cada cuestionario, a someternos a cuantos tests nos presenten, a aceptar el trabajo que se nos busque “de acuerdo con nuestras características personales,” y que nos proporciona tarjetas de empleo, tarjetas de identidad, tarjetas de salud, tarjetas de crédito. Un sistema real, demasiado real. Hasta el punto de que Número 2 trata incluso de ganarse el apoyo de nuestro héroe ofreciéndole un puesto de autoridad, de igual modo a como los nazis tentaban con posiciones de poder a los internos en los campos de concentración (los cuales a su vez se convertían en captores casi tan crueles como los mismos alemanes). Al fin y al cabo, la vida en la prisión, llámese Auschwitz o Estado del Bienestar, puede llegar a ser muy placentera.

La exploración que McGoohan lleva a cabo durante el episodio es una exploración de los límites. Llegar hasta la pared, hasta la barrera y comprobar si es flexible, elástica, si cede: Llamar por teléfono, conducir hasta donde se pueda en un taxi, solicitar un mapa más y más grande, destrozar la decoración interior de su hogar. Cada intento encuentra el mismo fin. Un borde que se le impone y que no puede traspasar. Las primeras tentativas son sencillas e inocentes. No crean una stasis, no desgajan la naturaleza dual de The Village. Pueden ser contenidas pacíficamente con evasivas o echando mano del, curiosamente clónico, tejido productivo de la sociedad. Sólo cuando McGoohan osa la evasión a gran escala se ponen en marcha los mecanismos de control que yacen en lo profundo del sistema. Esta dicotomía es importantísima: Aunque los referentes orwellianos no falten (vean la sección carteles y eslóganes al final de este post), los métodos de control en The Village podrían ser calificados en general, y de momento, como “blandos”. Ante la pregunta que el siglo XX nos escupe - ¿qué control es más aterrador y efectivo, el de 1984 o el de Un Mundo Feliz? (¿es que hay que elegir?)- El Prisionero nos responde que el peor de los mundos posibles es aquel donde ambos se combinan calculada y racionalmente. En un primer momento, (el primer) Número 2, evita la confrontación, prefiere acomodar la pulsión de libertad de Número 6. Amablemente, hace de guía en una excursión en helicóptero, mientras soporta los socarrones comentarios de este último. Pero ante su intensa e incansable hostilidad, los métodos han de variar y Número 2 reflexiona: “I think we have a challenge.” Así comienzan a aparecer el engaño, la vigilancia electrónica permanente (aunque en la entrada de los aposentos personales siempre cuelgue un cartel que dice “Privado”), desde la omniscente estación de control gobernada por El Controlador, y se despliegan dispositivos de coerción más contundentes, como los habituales esbirros y, por encima de todos los demás, un gigantesco globo blanco.

Aunque cobrará aún mayor importancia durante el primer conato de huida de Número 6, la surreal aparición inaugural de Rover – aunque no es llamado por este nombre hasta más adelante- es otro de los elementos que nos indica que El Prisionero no es una serie cualquiera. Primero minúsculo, como un L’ou com balla suspendido en el chorro de una fuente, se transporta después mágicamente, en tamaño enorme, a la balaustrada desde la cual, feroz y rugiente, procederá a atacar a un presunto desviado del orden social, mientras todos los habitantes de The Village se detienen petrificados como estatuas de sal.


El monumental impacto de esta entrada no podría haber ocurrido de haberse utilizado la versión inicial propuesta, una especie de hovercraft que hubo de descartarse por resultar impráctico. Un engendro mecánico hubiera resultado demasiado tranquilizador, demasiado sencillo. Su repuesto surrealista le supera. Porque la pavorosa amenaza del centinela tal como lo vemos nace de lo incomprensible y fantástico que resulta que un globo meteorológico, solo un globo, sea capaz de rugir, de aniquilarnos, de estar siempre ahí, siempre presente, y que pueda aparecer y desaparecer como por arte de birlibirloque. Al negarnos la explicación de su procedencia y origen (“That would be telling”) Rover se convierte en icónico y fundamental.

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El modelo original de Rover, el centinela.

Después del frustrado intento de fuga se nos sugiere que formas de persuasión más directas están por venir. Éstas salpican los diálogos. Por ejemplo Número 2 en su infome sobre Número 6 a las altas instancias afirma que “in view of his extreme importance no extreme measures are to be used… yet“. O que durante su estancia en el hospital, en la cual Número 6 encontrará a su excolega Cobb y tras la que estrenará las ropas que portará durante el resto de la serie, nuestro héroe comprobará la existencia de métodos “alternativos” para obtener la conformidad social entre los pacientes. Como veremos, la automatización de la medicina, el control mental, el lavado de cerebro y la psiquiatría en general, temas vectores de los 60, aparecerán recurrentemente en próximos episodios.

El paso entre las dos formas de opresión, entre la persuasión amable y los métodos invasivos, las dos líneas con las que Número 6 habrá de lidiar capítulo tras capítulo, se articulan con el cambio de Número 2 a mitad de episodio. El primero (Guy Doleman) es caballeresco, educado y pragmático. Busca la cooperación de Número 6 con la resignación del burócrata que tan solo responde órdenes. Su sucesor (George Baker) en cambio tiene un acercamiento mucho más tecnócrata y empresarial, no trata de resultar simpático o afable, está interesado tan solo en hechos y los obtendrá, ofrecidos o extraídos. Sin embargo, más allá de los cambios de nombres, aprendemos que en las esferas del poder, incluso en las más elevadas, todos somos prescindibles y sustituibles y, en última instancia, sirvientes, peones, números, para los “nuevos amos”.

We’re all pawns, my dear.

* * *

 

Y tras la descomunal parrafada, ¡divirtámonos un poco!

Carteles y eslóganes: Aunque no tratan de crear un nuevo lenguaje o de desnudar a las palabras de cualquier connotación, los eslóganes son parte fundamental de la distopía “prisionera”. Pero si además prestamos atención y pulsamos el botón de pausa con sabiduría, podremos encontrar otras curiosidades impresas. Si hallan más, son bienvenidos.

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Prohibido prohibir.

 

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Of the people, by the people, for the people,” extracto del Discurso de Gettysburg de Abraham Lincoln.

 

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Seguro que en otras ocasiones hace más feliz que no esté “still“.

 

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Este cartel lo he puesto en la puerta de mi oficina, se lo juro. Pero nadie hace caso.

 

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Como en los hoteles modernos.

 

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El 7 no existe en The Village. Ni 17, ni 27, ni 37, 47, 57…

 

El detalle: La acumulación de objetos circulares y esféricos, la transición entre unos y otros, son constantes en el episodio y contribuyen a crear una atmosfera unificada y coherente de extrañeza y alucinación. Repasemos unos cuantos. De nuevo, sugieran cuantos quieran.

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“Be seeing you!

 

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Los aposentos de Número 2.

 

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La oficina de empleo

 

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El círculo y el cuadrado del test de aptitud, recurrente metafora del cautiverio de Número 6.

 

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Atlas.

 

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El Velocípedo.

 

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La Sala de Control.

 

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El Globo de Control.

 

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El Controlador calvo.

 

La curiosidad: Una realidad aparente dentro de otra. Un individuo que se resiste a aceptar, a conformarse con lo visible. Como iremos viendo, Matrix comparte con El Prisionero un gran número de temas y preocupaciones. Los Wachowski, grandes y afanosos devoradores de cultura pop que son homenajean a la serie en un fragmento de la primera película de su pseudotrilogía: Hacia el final del film, Neo irrumpe en el apartamento de unas afables ancianitas que están viendo la televisión. Y una lenta revisión fotograma a fotograma nos revela una momento de Arrival en que Número 2 nos contempla desde la pantalla.

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Otra curiosidad:El prisionero es bautizado oficialmente como Número 6 por Nuevo Número 2. Jamás escucharemos, jamás será referido por otro nombre durante la serie (bueno, con una única excepción). El dialogo entre ambos es el siguiente:

Número 2: Six. For official purposes everyone has a number. You are Six.
El Prisionero: I am not a number. I am a person.
Número 2: Six of one, a half dozen of the other! (Lo que equivale a decir, “tanto da, son la misma cosa.”)

Es, cuando menos, peculiar que podamos encontrar también esta idea en la letra de la estupendísima Secret Agent Man, sintonía de Johhny Rivers para la anterior serie de Patrick McGoohan y en la que nos canta “They’ve given you a number and taken away your name.” ¿Casualidad? Probablemente no. Así que para celebrarlo, ¡bailen conmigo!


 

¿Dónde puedo descargar este episodio? Aquí.

6 comentarios en “S01, EP01 - Arrival”

    frunk :

    Inmenso, oiga. Inmenso.


    Jordi SN :

    Es usted una bestia parda, Doc.


    Alvy Singer :

    Este post se situa directamente en las entrañas de la serie.


    El Prisionero - Arrival « El gabinete del Dr Zito :

    […] encontrar mi obsesiva disección del episodio aquí, en la Sagrada y Descomunal Biblia de la Televisión Mundial, por […]


    higronauta :

    Tiene usted toda la razón: el visionado virginal de esta serie es de un antológico tal que uno se siente visitante de un País de las Maravillas retorcido y pervertido, pero aún así delicioso y mésmerico. Y tras ello, su autopsia…

    Y por cierto, ¿no sabrá quién fue la cabeza pensante que parió a Rover? Deberían darle el premio al mejor diseño de la historia del catodismo, por crear, bajo esa simpleza, un elemento tan inquietante y aterrador partiendo de un simple globito blanco (magistral y compartida su referencia a l’Ou com Balla, ya se lo sigo).


    Dr. Zito :

    Muchas gracias, Don Higro, por sus amables palabras y por fijarse en los detalles.
    Tanto la idea del Rover original como del globo corresponden a McGoohan. La primera fue intencional (y fallida), la segunda se le ocurrio al contemplar que globos metereologicos pasaban de vez en cuando por encima de la localizacion de la serie. Se dice que utilizaron bastantes porque se rompian con cierta facilidad.


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