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The Prisoner - S01, EP02 - The Chimes of Big Ben

Dr. Zito, January 12th, 2008

Rise and shine! Rise and shine!

Imaginen la maquinaria enorme y perfecta del Big Ben desprovista de la elevada e imponente estructura que la soporta. Un mecanismo desnudo, engrasado y funcional consagrado a un solo objetivo: cumplir su estipulado cometido. Como el núcleo de este segundo episodio de El Prisionero. Un gran y ortodoxo dispositivo de suspense y enrevesada trama, lleno de subterfugios, planes de fuga, traiciones y ruedas dentadas, pero que también se concede algunos momentos de desmesurado brillo y belleza fuera de las más estrictas necesidades dramáticas.

Así que comencemos por el prodigio técnico, que se inicia con la llegada a La Villa de un helicóptero en el que viaja inconsciente una desconocida mujer que resultará llamarse Nadia y quien, como Michael Caine en IPCRESS (Sidney J. Furie, 1965), tuvo la mala fortuna de descubrir entre los papeles de sus superiores un fichero que no debería haber visto y que detallaba la existencia y localización de The Village. Esta aparición externa precipitará los acontecimientos, incluso un trato entre Número 2 y Número 6 al que este último accederá con el fin de protegerla, y finalmente un intento de escapada bastante parecido a este:


Lo que Número 6 descubrirá al llegar a puerto se resume perfectamente en el discurso que Alec Leamas (un feroz e irresistible Richard Burton) espeta a la pobre Liz Gold en el momento cumbre de la adaptación cinematográfica de El Espía que Surgió del Frio (Martin Ritt, 1965):


Y es que durante la segunda mitad de los 60, tras los desmanes de la CIA durante la decada anterior y a pesar del éxito de la colorida y banal de la mitología bondiana, iba quedando crecientemente claro que poco diferenciaba a los dos bandos enfrascados en la Guerra Fría. Ambos no dudaban en utilizar cualquier medio a su alcance -conspiraciones, vilezas, falsedades- para conseguir prevalecer sobre su oponente. El mundo se habia transformado en un lugar de alianzas y lealtades cambiantes, en el que tus enemigos por la mañana podían convertirse en amigos a la hora de la siesta. Esta reacción contra el prototipo Connery la ejemplificaron la obra cumbre de John Le Carré y la mencionada IPCRESS, y más específicamente sus respectivos protagonistas, Leamas y Palmer, seres imperfectos (en particular el primero) de existencias anodinas, sórdidas y por tanto hiperreales, que no se detenían a sopesar sus acciones en la balanza del Bien y el Mal. Aunque McGoohan con El Prisionero tomó su propio camino de disidencia contra el Bond way of life, el de un agente secreto heroico e íntegro, los tres personajes terminan enfrentándose a similar adversario: Un opáco establishment que no duda en traicionarles si es preciso. Ninguno de los tres puede confiar en nada ni en nadie.

I thought it was different. It is, isn’t it – different!! La conclusión final es que La Villa es Lo Absoluto. Un universo que lo ocupa todo, que no deja intersticios. Nada es externo a él. No hay un cosmos mejor, más justo y equilibrado ahí fuera, sino uno terrible y tenebroso, como el mundo exterior a Matrix o nuestro Occidente post 11-S. “Bienvenido al desierto de lo real,” saludarían Morpheus y Zizek a Número 6. The Village no escenifica pues de una contraposición entre apariencias o réplicas y realidad genuina, como ocurría en las comunidades ficticias de El Show de Truman (Peter Weir, 1998) o 36 Horas (George Seaton, 1965). La irrealidad de The Village es la única mónada, la única realidad que existe. A partir de aquí, la evasión, la fuga, no tienen sentido, son fútiles.


“Que arreglado te ha quedado el piso, Coronel.”

 

¿Cuáles son entonces esos elementos radiantes y extravagantes fuera de la ortodoxia de la trama? El primero lo constituye el comienzo de The Chimes of Big Ben, un inteligente prólogo que se cuida de no evidenciar demasiado la relación entre el desenlace argumental y la búsqueda por parte de Número 2 de la apropiada ficha que provoque una reacción en cadena y con ella la rendición de Número 6. En esta inicial declaración de intenciones, el jovial y maniaco Número 2 interpretado por el estupendo Leo McKern, nos muestra que el objetivo del poder no es, al menos hasta este punto, rompernos en pedazos y de entre ellos recoger la información que necesita. Lo que desea obtener es nuestra sumisión y sometimiento, que nos integremos en el engranaje, que anhelemos ser parte de él, llegar a confesar cual corderos temblorosos cada uno de nuestros crímenes de pensamiento, como también buscaban los torturadores de Winston Smith en 1984: Una voluntaria y total entrega (“I want him with the whole heart, body and soul,” dice Número 2). Gradualmente, a medida que el éxito y la reputación del sistema comiencen a resultar más importantes que la pureza de la derrota de Número 6 (del mismo modo que el tiburón mafioso precisa cobrar su deuda aunque ésta sea mínima), los métodos de persuasión empleados contra él ganarán en agresividad, como ya comienza a vislumbrarse durante el interrogatorio hospitalario de Número 8.

El segundo elemento que escapa a la pura servidumbre argumental es la escenificación del concurso de manualidades en el que Número 6 se ve obligado a participar con tal de salvar a la nueva prisionera. Un certamen, por cierto, nada lejos de la laborterapia de los manicomios o de las actividades de “animación cultural” de los hoteles de Benidorm o de las comunidades cerradas ballardianas. Para la exposición, Número 6 compone una escultura abstracta titulada “Escapada”, mientras que el resto de participantes y conciudadanos eligen producir obras puramente realistas que ensalzan de manera indisimulada la figura de Número 2 como si se tratara de un Stalin cualquiera. Para empezar, la extraña pieza no gusta al General, quien personifica la sensibilidad artística más populista, y que en su rechazo a “lo abstracto” llega a confundirse con los gustos totalitarios. Más tarde, de entre los miembros del jurado salta la previsible pregunta “¿Qué significa?”


El jurado representa nuestra propia posición ante el arte moderno, ante lo supuestamente sublime, ante el que nos quitamos el sombrero sin llegar completamente a comprenderlo: No podemos asegurar que el artista contemporáneo que nos habla acerca de“su obra” sea o no un charlatán. Quién sabe. Sin embargo sí sabemos que Número 6 es un mercachifle, que intenta mentirnos y seducirnos, que pretende engañarnos diciéndonos la verdad. Porque lo que aparentemente no posee sentido ni forma, guarda su verdadera intención en un doble farol: “It is what it means,” responde. Una frase que resulta aplicable al enigma de la serie en su totalidad.

El último momento “ornamental” que quería reseñar ocurre durante el brillantísimo diálogo entre Número 2 y Número 6 que tiene lugar mientras observan cómo Nadia pone en práctica su modesto plan de evasión:

Número 6: Has ever occurred to you that you are just as much a prisoner as I am?
Número 2: Oh, my dear chap, of course, I know too much that we are both lifers. I am definitely an optimist. That’s why it doesn’t matter who Number One is. It doesn’t matter which “side” runs the Village.
No.6: It’s run by one side or the other.
No.2: Oh certainly, but both sides are becoming identical. What in fact has been created is an international community — a perfect blueprint for world order. When the sides facing each other suddenly realize that they’re looking into a mirror, they will see that this is the pattern for the future.
No.6: The whole Earth as the Village?
No.2: That is my hope. What’s yours?
No.6: I’d like to be the first man on the moon.

Aparte de la referencia a la creciente identificación entre ambos lados del Telón de Acero que mencionamos más arriba, este fragmento posee un contenido antiglobalizador que proviene a su vez del discurso libertario y reaccionario que subyace en El Prisionero. Nos plantea que La Villa representa una experiencia piloto en el establecimiento de un Nuevo Orden Mundial. Con esta idea, la serie consigue avanzarse con mucho a su propio tiempo. Hoy en dia nuestras ciudades constituyen en realidad La Ciudad. Más allá de trivialidades culturales y folklóricas que introducen una falsa sensación de variedad, La Ciudad posee un centro esencial y común con McDonalds, Burgers, Gaps, H&Ms, Zaras, Dunkin’ Donuts… No hay por tanto escapatoria de ese permanente escenario. Pero pese a su actualidad, este planteamiento se fundamenta en un pilar tradicional del pensamiento conservador. Para entenderlo es preciso recordar el origen británico de El Prisionero y el hecho de que los habitantes del Reino Unido, impelidos por sus fuertes sentimientos de individualidad, mantenían en los 60 seculares suspicacias hacia aquel primer síntoma del proceso globalizador que por entonces se denominaba la Comunidad Económica Europea. No en vano, aquel país no firmaría al Tratado de Roma hasta cinco años después de la emisión de la serie. Y es que el proyecto de una Europa unida siempre ha sido observado por los sectores más retrógrados de la sociedad británica como un contubernio franco-alemán para la dominación del continente. Por ello tampoco es casualidad que al final del primer episodio, el traidor Cobb y Número 2 se despidieran intercambiando un “au revoir” y un “auf wiedersehen”.

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Una bandera para dominarlos a todos.

 

Además de este último, otros dos detalles revelan la compleja orientación ideológica de El Prisionero. Uno de ellos es la elección de mostrar de una manera livianísima la (posible) aventura amorosa entre Número 6 y Número 8, incluyendo una timorata escena de cortejo de coreografía ciertamente ortopédica. Durante el episodio se hacen veladas alusiones, Nadia inquiere a Número 6 sobre la existencia de una hipotética esposa o prometida (ante esta última pregunta Número 6 permanece callado por motivos que averiguaremos en futuros episodios) y no es descartable que el apodo Big Bill que Nadia le coloca constituya una referencia picantona. Pero con toda su pacatería, esta será con mucho la relación más atrevida que nuestro héroe mantendrá con cualquiera de los personajes femeninos durante la serie. ¿Por qué? La razón radica en las fuertes convicciones morales de McGoohan, quien rechazaba de plano filmar escenas de contenido romántico. Conviene recordar que en 1961 declinó encarnar a James Bond en su primera aventura y que dejó claro a Broccoli y Saltzman que las razones para su negativa residían en el estilo de vida disoluto y frívolo de 007 y en su uso excesivo de la violencia (Número 6 prácticamente no hará uso de arma alguna durante la serie, con una única excepción…).

El segundo detalle se centra en las ambiguas referencias a la religiosidad que se dejan caer durante la defensa que Número 6 hace de su escultura ante el jurado de la exposición de arte. Robert Fairclough en su fundamental guía sobre El Prisionero (The Prisoner, Carlton Books, 2002) asegura que McGoohan obligó a Vincent Tisley, el autor de la historia, a eliminar una parte de aquel sarcástico dialogo sobre el arte debido a que ofendía sus puritanas creencias religiosas: “Our escape leads us back to discipline, faith, organisation. In fact, religión.


“¿Cariño, crees que me dejarán pasar con este chándal rosa?”

 

¿Orden? ¿Qué orden? Durante este segundo episodio podemos apreciar que ha transcurrido bastante tiempo desde nuestro último encuentro con Número 6. Le vemos mucho menos irascible y rebelde que durante Arrival, mucho más pacifico, cínico e integrado. Conoce los precios de los productos, las direcciones: está institucionalizado en definitiva (como queda patente en su diálogo final con El Coronel). La explicación es sencilla: este episodio no es el segundo dentro de la línea argumental de El Prisionero. Hay con respecto a Arrival un intervalo de eventos que los futuros (pero pasados) capítulos conseguirán llenar. Por ejemplo, podemos entrever cierto resquemor de Número 6 hacia sus conciudadanos, dirigido fundamentalmente hacia la figura del General contra el que juega al ajedrez al comienzo del episodio. Este resentimiento proviene de acontecimientos que sobrevendrán en próximas entregas pero que son anteriores a los ocurridos en The Chimes of Big Ben.

¿Pero para qué romper la continuidad argumental? McGoohan y Markstein probablemente pretendieron generar aún más extrañeza y asombro entre los espectadores, quienes sin embargo no reaccionaron favorablemente al descabalgamiento de episodios. Sin embargo, prefiero otra explicación: todos los días en la cárcel terminan resultando el mismo. La sensación de progresión durante el cautiverio es mínima más allá del simple transcurrir del tiempo. Difícilmente los sucesos se construyen unos sobre otros en una forma coherente cuando se está preso. No hay Historia. Pero además existe una razón más específica a este episodio: las tribulaciones de Nadia, de Número 8, son idénticas a las que hemos visto a Número 6 atravesar tan solo un episodio atrás. La vemos despertarse en un hogar que cree el suyo propio, la vemos preguntar por taxis, por mapas, por localizaciones, acudir al edificio de la cúpula verde donde reside Número 2, intentar fugarse. Esta cercanía entre ambos en nuestro tiempo como espectadores, provoca que la identificación de nuestro héroe con la pobre chica, motor de los acontecimientos del capítulo, y por tanto también nuestra propia identificación con ambos, se refuerce y que por tanto la trama del episodio y las reacciones de Número 6 ante los tormentos que sufre Nadia resulten aún más creíbles. No se me ocurre que otra serie anterior o posterior a El Prisionero haya utilizado semejante forma de dislocación del tempus narrativo (no son flashbacks, no son flashforwards) para favorecer la consistencia del tempus contemplativo.

El detalle: En la primera instantánea que acompaña a este post podrán ver que sobre la mesa de El Coronel descansa un globo terráqueo réplica exacta del que Número 6 guarda en su morada en La Villa ¿Casualidad? ¿Profecía? ¿Falta de presupuesto?

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La curiosidad: Como veremos, otra de las influencias capitales en El Prisionero es Casino Royale (John Houston, Kenneth Hughes, Val Guest, Robert Parrish, Joseph McGrath, 1967), film de caótica producción, como demuestra su nómina de cinco directores. Ambas, serie y película, comparten numerosos conceptos y escenas de parecido mayúsculo, y fueron además filmadas en los mismos estudios de la MGM en Borehamwood. En concreto, el edificio/iglesia donde se celebra la exposición de manualidades (que pueden ver dos fotos mas arriba, y en múltiples ocasiones más), es el mismo que aparece en la secuencia de Casino Royale en la que Jimmy Bond, interpretado por Woody Allen, va a ser fusilado.

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¿Dónde puedo ver este episodio? Aquí.

4 comentarios en “S01, EP02 - The Chimes of Big Ben”

    Doctor Mentalo :

    Joooder. Me quito el sombrero.


    tacho :

    Madre del amor hermoso, he vuelto a ver el capítulo 4 veces sólo con leer su texto. Vivas y Bravos para usted.


    higronauta :

    Caballero, se ha superado. Sólo espero que esta línea ascendente de diseccionamiento categórico continúe, porque está consiguiendo que vuelva a apeterceme su visionado, aún recién finalizado recientemente. Chapeau.


    Dr. Zito :

    Gracias a todos por sus parabienes!


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