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The Prisoner - S01, EP03 - A, B and C

Dr. Zito, February 5th, 2008

Tres mundos que coexisten. El de La Villa, que estructura nuestra cotidianeidad con su funcionamiento cronometrado y establecido. El externo, el que llamaríamos auténtico, pero que resulta no ser más que papel pintado. Y finalmente el onírico, el de la invención y la fantasía, aquel donde todo es posible, donde somos soberanos. El único en el que nuestra rebeldía puede triunfar en último termino. A,B, and C, una maravillosa obra de orfebrería de Anthony Skene, juguetea con ellos tres, como en un vodevil de puertas que se abren y se cierran, de personajes que continuamente las traspasan, que traspasan los tres planos de existencia análogos a esos tres mundos: El nuestro como espectadores, el de la ficción en nuestra pantalla y el de la ficción proyectada dentro de si misma.

Este vodevil se articula alrededor de una carrera desesperada por dominar ese mundo de los sueños, una carrera entre opresores y oprimidos. Porque como nos adelantaba el anterior episodio, los captores también son prescindibles. El teléfono rojo y curvo, línea directa con El Amo, suena en primer plano y Número 2, exasperado, nervioso, resuelve iniciar el plan definitivo, precipitado, a riesgo de dañar permanentemente a su invencible enemigo, dispuesto a jugárselo todo a una sola carta, la que le abocará a la aniquilación o al triunfo. El Experimento.

A, B, and C se convierte así en el primer episodio de la serie en mostrar una de las más prevalentes obsesiones de los 60: El control mental. El experimento al que se somete involuntariamente Número 6 consiste en la creación de realidades alternativas a través de la traducción de los impulsos eléctricos del cerebro en imágenes. Dominar la mente. Visionar los sueños. Y hasta modificarlos. Todo ello bien regado con drogas psicotrópicas, por supuesto. El objetivo, el habitual: averiguar las verdaderas razones de la dimisión de Número 6. Porque aunque él no está dispuesto a revelarlas conscientemente, tal vez su inconsciente le traicione.

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Cógeme el perfil bueno.

Un rayo cruza el cielo y su fragor y las figuras húmedas y enlutadas que entran por el pasillo portando una camilla nos auguran que tal vez Peter Cushing vestido de Victor Frankenstein se encuentre al otro lado, dispuesto a iniciar un megalómano ensayo. Encontramos sin embargo a Número 14, científica a cargo de la prueba, reacia a cumplir su tarea, preocupada por la salud de Número 6 pese a las desagradables presiones que recibe de Número 2, y que, al contrario que él, sí llegará a sentir la fascinación acostumbrada por la personalidad del prisionero.

Tres personajes. A, B y C. Tres individuos que pueden guardar la clave del enigma que Número 6 se niega a aclarar y que se irán introduciendo uno a uno, en sucesivas noches, en sus sueños. Con idéntico escenario: La jovial y desenfrenada fiesta parisina de Madame Engadine. Decorado recurrente donde se mezclará ficción y realidad en tres actos. El Ultimo Año en Marienbad quizá. Imágenes de cómo era la vida de Número 6 antes de haber sido capturado. De la víspera de su retiro. Tres escenas en las que transitará desde la pasividad hasta el dominio, en una trayectoria idéntica a la que Neo sigue en Matrix, reflejo brumoso y blockbusterizado de la que mucho antes Nietzsche esbozó en Las Tres Transformaciones del Espíritu en su Zarathustra.

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¿Has montado alguna vez en los coches de choque?

A y El Camello: Número 6 llega a la fiesta y viéndole hacer su aparición en ella podemos aventurar cómo habría sido su participación en la saga Bond de haber aceptado el papel de 007. Impecable. Allí se encontrará con A, un espía desertor quien “ocupó titulares años atrás” y que parece referenciar a Kim Philby, uno de los miembros de Los Cinco de Cambridge. Lo que sigue será es un intercambio ingenioso, repleto de susurros, pero ortodoxo y dentro de los cánones de la ficción de espionaje. Pese a su dinamismo e independencia, en realidad Número 6 se lleva a cuestas. El personaje que se ha construido. Los códigos morales de su “lado.” Es más John Drake que nunca. Se enfrenta a esbirros y malvados, se zafa, suelta puñetazos y agudezas como perdigones. Y regresa victorioso. En apariencia. Porque pese a la no intervención de Número 2, evitada in extremis por Número 14, comprobamos que La Villa ha manchado la supuesta pureza del sueño: incluso en ese Paris imaginario, Número 6 se despide de sus perseguidores con un “be seeing you”. Sin saberlo, también ha interiorizado las estructuras de The Village y las porta consigo como una carga.

“¿Qué es pesado? pregunta el espíritu paciente, y se arrodilla, igual que el camello, y quiere que se le cargue bien.”

B y El León: Las fantasías no pueden ser reales. Y sin embargo, Número 6 encuentra a la mujer que vio en sus sueños (en una escena deliciosa en la que Número 14 se ve a si misma siendo a su vez mirada por él, y que recuerda a los experimentos visuales de Frankenheimer en El Mensajero del Miedo) comprando flores a la puerta de casa. Una marca en la muñeca. Imperfecciones, desajustes en la narrativa lógica de su vida diaria que demuestran que aquel sueño no fue tal. No se trata tanto del descubrimiento a través de esos defectos de que Lo Real es en esencia un constructo, un fraude, como sí ocurrirá por ejemplo en el séptimo episodio, Dance of the Dead, o como sucede cuando Neo es tentado por Morpheus. Sino del descubrimiento de una verdad aún más desasosegadora: que nuestros sueños, ese reino íntimo, libre y sin reglas, ha sido violado, inducido y determinado por La Villa. Nuestro último reducto de autonomía, en el que seguimos normas incognoscibles, pero que al menos son las nuestras, también ha sido conquistado. Seguimos los códigos de otros sin saberlo. Y cuando se utilizan fantasmas del pasado para doblegarnos, cuando las inconsistencias se acumulan, cuando la manipulación se hace evidente, sólo nos queda la rebelión radical.

“Crearse libertad y un no como respuesta incluso frente al deber: para ello, hermanos míos, es preciso el león.”

C y El Niño: El siguiente paso es tomar las riendas de lo que sucede. Tanto en la realidad como en lo onírico. Descubrir la fuente del engaño y actuar contra él. Para empezar, la decadente fiesta parisina se transforma en Swingin’ London. En una de las escenas más lisérgicas de toda la serie, repleta de encuadres diagonales, Número 6 aparece drogado, alucinado, gritando frenético. Liberado de los corsés de la forma y la etiqueta que hasta ahora se impuso a si mismo.

 

Curiosamente, esas mismas composiciones oblicuas y frenéticas pueblan la obra del mentor de Patrick McGoohan, Orson Welles, que como ya comentamos a propósito de la segunda parte de los créditos, ejerció una gran influencia sobre El Prisionero. En concreto, una escena similar a la de esta fiesta onírica aparece en Mr Arkadin (1955), en la que el magnate trasunto de Kane que da nombre al film, organiza un tremebundo sarao de navidad para la flor y nata muniquesa. Juzguen ustedes mismos.

 

Volviendo al episodio, éste constituye uno de los puntos más rompedores y drásticos de El Prisionero por su heterodoxia. Hasta ahora, las reacciones de Número 6 hacia el orden establecido habían permanecido dentro de lo predecible, de lo tabulable. Sin embargo, una vez comprendida la falsedad de lo real y rebelado contra ella, es capaz de establecer valores, de crear un sistema de coordenadas nuevo, de moldear el entorno hasta configurarlo a su gusto como si fuera un niño. Mover el espejo hasta enderezar la realidad. Y dentro de esa locura convertirse en “the last sane man in the world.” Y triunfar.

Para ello Número 6 construye su propio sueño. Con su evil mastermind incluido apareciendo entre las sombras de una calle desierta, como Harry Lime, volviendo a Welles, en El Tercer Hombre. Su desenmascaramiento, tan típico de la ficción de espías y premonición de los sucesos y sensaciones que nos embargarán al final de la serie, juega con las expectativas de los espectadores. Con las de todos. Tanto con las nuestras como con las de Número 2 quien, al contemplar la escena, cree al igual que nosotros que existe una razón ulterior, un personaje oscuro y enigmático causante de la renuncia de Número 6. “We mustn’t disappoint them, the people who are watching.” ¿A quién va dirigido? ¿A Número 2 y Número 14, quienes observan atónitos? ¿A nosotros, que aguardamos un desenlace normalizado? ¿Quién se encuentra realmente en el fondo de la caverna? Nuestra sorpresa será idéntica a la suya.

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Que calor da esta máscara.

Número 6, al igual que Neo, ha conseguido la llave que hace la rebelión factible, que consigue que sea posible vencer a ese Gran Otro en su propio terreno, el de la realidad que éste supuestamente domina. Incluso alcanza a transformar ambos mundos, el del delirio y el de la vigilia, en una escena gloriosa hacia la que converge frenéticamente la conclusion del capítulo. Sus captores quedan horrorizados. Sus esfuerzos de dominación han resultado inútiles.

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Esto parece Las Meninas.

Vidi, vincit. Esta vez sí. Porque como vimos en The Chimes of Big Ben, la victoria sobre La Villa no es posible dentro del orbe de lo tangible. Porque The Village lo ocupa todo, no nos deja respiro. Vayamos donde vayamos, sus tentáculos nos alcanzarán. Nuestros planes de fuga encontrarán siempre la misma conclusión. El triunfo es por tanto alcanzable sólo a través de una rebelión radical, impredecible, anárquica, una revolución que siga sus propias reglas, las del mundo de la imaginación, patrimonio del niño, país que no está ni fuera ni dentro. El único reino que verdaderamente existe, el único en el que podemos ser libres.

“El espíritu quiere ahora su voluntad, el retirado del mundo conquista ahora su mundo.”

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¡Madre!¡Un móvil del pleistoceno!

Dime que Número 2 prefieres y te diré cómo eres: La relación de Número 6 con este Número 2 es sin duda de las más ásperas de toda la serie. Éste no oculta el fastidio, la irritación y el desagrado que Número 6 le produce. Donde otros sentían admiración o un rudimentario sentido del deber, Número 2 sólo siente miedo y asco. Asco por un sujeto que le ha causado literalmente una úlcera, que le ha colocado al borde del abismo. Miedo, no sólo de sus amos, sino también de la aparente falta de humanidad de Número 6 (“I sometimes think he’s not human“). Curiosa inversión de la relación entre prisionero y guarda. La deshumanización del encarcelado es necesaria para que los guardianes puedan sostener su estatus sin remordimientos. Por el contrario, Número 2 preferiría que Número 6 fuera humano, y que así albergara una debilidad que le hiciera quebrarse en algún momento. Pero el plano en el que con esa frase Número 2 coloca a su inhumano cautivo es de superioridad. Número 6 no falla, no sucumbe, lo aguanta todo. Si éste alberga algo es tan solo un propósito. Resistir. Este discurso permanente de supremacía moral de McGoohan es el que ha llevado a muchos a colocarle en sus altares privados como pauta de comportamiento a replicar. Y sin embargo, en el tono de Número 2 cabe notar cierta piedad mezclada con pavor, ante alguien que por sus fuertes convicciones, por su armazón moral indiscutible, ha perdido su humanidad. Momentos como este y como alguno más que habrá de llegar, hacen que nos cuestionemos el genuino valor de esa perfección que Número 6 despliega. Su cerrazón, su invulnerabilidad rayan en la sociopatía, en lo robótico, en lo patológico (”es un patrón de angustia,” dirá Número 14).

¿Orden? ¿Qué orden? Lo agresivo de las técnicas que se utilizan contra Número 6 durante el episodio sugieren que A, B, and C se localiza en un punto muy avanzado de la línea narrativa de El Prisionero. Número 2 aún recibe órdenes explicitas de no dañar al cautivo y sin embargo asume el riesgo de hacerlo, claramente cansado de una situación que parece no haber llevado a ningún sitio ni a sus predecesores (a cuyos fracasos Número 6 se refiere sardónico) ni a él mismo. Porque, Colin Gordon reaparecerá como Número 2 en el episodio The General, que no obstante parece preceder argumentalmente a este. Dos elementos nos hacen concluir esto. Primero, que A, B, and C comienza con la soga de una definitiva destitución rodeando ya el gaznate de Número 2. Segundo, como anticipábamos en el comentario de la segunda parte de los créditos, Gordon se identifica tan solo como Número 2 en los títulos iniciales correspondientes a este episodio, sin la añadidura de “nuevo,” como si hace en The General.

Pero si procuramos llegar un poco más allá y nos preguntamos por qué este episodio se emitió en tercer lugar, seguramente encontraremos la razón en el método que La Villa usa para extraer la información de Número 6. Tras estos tres episodios hemos vislumbrado los tres tipos básicos de técnicas que se utilizarán durante la serie: La persuasión amable (Arrival), las intrincadas pero inofensivas tramas de engaño (The Chimes of Big Ben) y los métodos intrusivos de control mental empleados en este episodio. Quizá sin esta alternancia la serie hubiera atrapado al espectador en la incomoda sensación de que ante la limitada maniobra argumental (”un prisionero trata de escapar,” diría un resumen simplista), poco novedoso podría suceder en cada entrega. Sin embargo la aleatoriedad del siguiente paso nos asegura un asombro constante.

El detalle: En un interludio de vigilia, Número 6 se sienta a departir con Número 14, la mujer que aparece en sus sueños. En las manos de ésta podemos ver una copia de The Tally Ho, el periódico de The Village, del que hablaremos con profusión en futuros episodios. Si prestan atención, podrán leer el titular “Is No. 2 Fit For Further Term?” (“¿Es Número 2 apto para otro mandato?”). Una nueva referencia a lo prescindible de la persona al mando e incluso una indicación de que sus superiores andan ya preparando/instruyendo a los ciudadanos en su probable recambio.

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¿Dónde puedo ver este episodio? Aquí.

 

3 comentarios en “S01, EP03 - A, B and C”

    Henrique :

    Marienbad, El tercer hombre y Matrix. No hay mejor definición.


    tonikamo :

    Brillante, menudo pdf de referenciao va a quedar con todos tus posts.
    Saludos


    Nietzu :

    Cuanto llevaba yo sin usar este nombre, cuanto. Casi desde tiempos del Shining Force…

    Buena reflexión la Nietzscheana. Aunque, ahora mismo, no lo veo tan claro. Pero me ha gustado.

    Yo sigo en el león. ¿Y vd.?

    Por cierto, le echo de menos.


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