“Meet the new boss, same as the old boss”
The Who.
Resistir o apagar el receptor. Suspender el descrédito o marcharse. Obviar las inconsistencias o cubrirnos de escepticismo. Free for All constituye el primer punto de colisión entre las energías opuestas que pusieron en pie y al mismo tiempo aniquilaron a El Prisionero. Por un lado, las obvias y evidentísimas: La sátira política. El comentario social. El escepticismo libertario. Por otro, el surrealismo y la intensidad onírica, capaces de bilocar y duplicar personajes, de alterar la continuidad espacio tiempo. Si a todo esto añadimos su extrema riqueza visual, el episodio se erige ante nosotros como un verdadero desafío. Tanto para el analista, quien puede volverse loco de remate en el intento de abordaje, como para el espectador, a quien se le pide que acepte semejante amalgama. Suena apasionante, ¿verdad? Comencemos.
Es tiempo electoral en The Village.
Número 2 visita al prisionero y le informa de que la campaña electoral está a punto de comenzar. Y así lo hace. Con fanfarrias y trompetas. La Villa se llena de pronto con colores, paraguas, chisteras, carteles, música y vítores. Y llega la proposición: Que Número 6 se postule como candidato de la oposición. En caso de vencer, “Número 1 ya no será un misterio para él”.
El que The Village organice elecciones establece un parecido con las “democracias populares” o los referéndums organizados a lo largo de las Historia por dictadores del más variado pelaje (“Everyone votes for a dictator”). Sin embargo, el verdadero objetivo de la invectiva que se dibuja durante gran parte de este episodio es el de demostrarnos que “la fiesta de la democracia” en nuestras sociedades capitalistas y civilizaditas no resulta tan diferente de aquellas pantomimas totalitarias.

Inicialmente, Número 6 propone una agenda radical. La de no aceptar su reclusión, la de descubrir en último termino “quiénes son los prisioneros y quiénes los guardianes.“ Frente a él, el resto de sus conciudadanos, quienes se burlan de estas declaraciones de autonomía. Y así, con cierto resentimiento, el prisionero establece una clara línea divisoria moral entre vosotros, los débiles, los gregarios, los imbéciles, que aceptáis vuestro encierro sin rechistar y Yo, el individuo indisoluble, que pugna por escapar, por no acabar sus días pudriéndose como una col entre estos límites.
Pero esa oposición, esa aparente oposición, constituye una condición necesaria para el mantenimiento del sistema. Su falta es “muy mala para la moral”, según Número 2, lleva a la aceptación de las cosas tal como son, a no valorar lo que se tiene. Por el contrario, la existencia de una amenaza al status quo, el posible cambio en el orden establecido, sirve para reafirmarlo y reforzarlo, para despertar el deseo de protegerlo. Sin esa sombra, lo real es demasiado placentero y por tanto hasta cierto punto ficticio (de nuevo les llevo a Zizek y su observación de que la hiperperfección en lo que nos rodea es una señal de irrealidad, como ocurría en el primer mundo virtual creado por Matrix). Lo alternativo, lo progresista, son solo nichos de mercado comercializables como cualquiera otros, explotables sin necesidad de creer en ellos (y si no saquen la ouija y pregúntenselo a Polanco QEPD). Siguiendo esa lógica, se presenta a Número 6 ante ustedes como un candidato “militante e individualista,” poseedor de cualidades opuestas a las de un supuesto ciudadano modelo, y cuyo discurso extremista llega a ser alentado por el propio Número 2 (“That is the stuff to give them”/ “Keep going. They love it”). Su presencia en definitiva forma parte del “progreso.”
Es aquí, en esta tensión fundamental entre comunidad e individuo, donde aparece el dilema del rebelde. El de optar entre la radicalidad absoluta, la oposición pura y frontal desde los márgenes del sistema, pero que ofrece nulas posibilidades de transformarlo, o participar en él, con la esperanza de poder cambiarlo desde dentro, aunque al precio de legitimarlo con ello y a riesgo de convertirse en peón suyo. Esta última sospecha se demuestra como cierta en cuanto Número 6 acepta ser candidato: los ciudadanos despliegan propaganda electoral con su rostro y sus “no comment” en respuesta a las preguntas del periodista local se imprime de inmediato convertida en una larga entrevista repletas de frases vacías. The Village lo había anticipado y previsto todo.

La democracia a la que Número 6 se asoma es por tanto un engaño. Una parodia en la que la prensa inventa y tergiversa declaraciones, en la que los periódicos distribuyen verdades para consumo público con la máxima ligereza. Una farsa en las que la que los argumentos de los candidatos se conocen antes de que abran la boca para enunciarlos. Una mentira que, como en los países soviéticos, reafirma su “veracidad” mediante grandes escenificaciones en las que nadie genuinamente cree y en las que el realizador pide al público mediante carteles que grite “Progress! Progress! Progress!”. El debate electoral entre los dos candidatos se centra sobre quién de los dos posee mayor experiencia en la “manipulación de una comunidad como la nuestra” (¿no les recuerda a la dialéctica Clinton/Obama?) o sobre quién ofrecerá más placenteros interrogatorios. Alrededor de estas cuestiones, ambos afirmas sus supuestas diferencias con respecto al otro contendiente (“It’s Six for Two and Two for nothing!”). Y este deformado espejo nos devuelve el reflejo de nuestra propia realidad: rojo y azul, elefante y burro, McDonalds y Burger King, 6 y 2, Z y R. Lo que ustedes digan, señores candidatos, lo que ustedes digan. Son ustedes muy diferentes entre si. Muy diferentes.

Advertencia: Se recomienda leer los dos siguientes párrafos mientras se escucha este tema.
Lo que subyace en esta visión de la democracia como una farsa es un discurso que comenzó a tomar cuerpo durante los 60 pero que cristalizó tras el colapso de las burocracias en los 70 y el rechazo activo a las mismas, privatizaciones mediante, durante los 80. Atacados desde la izquierda que desconfiaba de un gobierno capturado y amaestrado por los intereses de un capitalismo monopolista cada vez mas agobiante (el llamado “complejo militar-industrial” por ejemplo) y desde los teóricos de la derecha, el público comenzaban a perder la fe que hasta entonces había depositado en los políticos. Merced a este asedio ideológico, creció por un lado el convencimiento de que los políticos servían de marionetas a los verdaderos amos y que por tanto cualquier persona con una agenda radical jamás podría acceder al poder, o que de hacerlo sería al precio de renunciar a ella (como ocurriría años más tarde con Lula o Mitterrand). Todos los perros con el mismo collar. En segundo lugar, se sospechaba que tras el discurso de servicio al público y al bien común de las clases gobernantes se escondía el deseo de servir a sus propios intereses, la pretensión de construir imperios burocráticos de poder e influencia. Y sobre semejantes premisas se construyeron series como Sí, Señor Ministro y su continuación, Sí, Primer Ministro. Por eso no sorprenden las baratas alusiones a la facilidad con la que el funcionario que interroga a Número 6 durante al “Test de la Verdad” se ha adaptado al régimen. Ni que descubramos al mismísimo Número 2 bebiendo alcohol en la “Zona de Terapia” y renegando de The Village. Para nosotros, que los políticos no cumplan las normas sino que tan solo finjan hacerlo es una idea común y completamente aceptada. Sin embargo, Free for All constituye una muestra de cómo esta visión (nuestro “son todos unos mangantes”) comenzó a instaurarse en el mundo occidental. En las frases abiertamente huecas con las que ya sea los medios, Número 2 o Número 6 (hipnotizado, eso sí) alimentan a los ciudadanos, escuchamos el eco de otras muchas que recibimos a diario: “Luchar por la libertad a toda costa,” “expandir nuestras exportaciones” o “garantizar la seguridad de los ciudadanos.”
La conclusión final es sombría: la de la futilidad del esfuerzo personal, de cualquier intento de alcanzar el poder para obtener un mundo mejor, pues una vez llegado a la cumbre nada se obtiene. En el mejor de los casos son otros los que poseen el control. Porque aunque durante breves instantes, una vez afirmado y soberano, Número 6 consigue ostentar el poder, éste grita “I am in command, obey me and be free!” Y cabe preguntarse qué horror es mayor, si el de ese monstruo individualista o el del colectivo borrego e impasible que no le presta atención.

Pero el del comentario político es tan solo el primer nivel de lectura del episodio. En Free for All, las pulsiones surrealistas de McGoohan se hacen notar por primera vez de forma abrumadora. No en vano él mismo lo dirigió y escribió (bajo el seudónimo de Paddy Fitz). El carácter inconsistente, onírico y extraño del capítulo ha de atribuírsele por completo, pues reemplazó al inicial director, Don Chaffey, cuando las diferencias entre ellos sobre cuál debía ser el rumbo a tomar se hicieron insalvables. Esta parcial toma de control presagió la que tendría lugar de forma absoluta entre McGoohan y George Markstein poco más tarde.
Una parte fundamental de esos elementos surreales orbita alrededor de la introducción de métodos de supresión de la voluntad, que son suministradas a Número 6 en varias ocasiones a lo largo del capítulo para así asegurar su sometimiento hasta una vez superada la cita electoral. A un nivel formal, las escenas de injerencia psicológica son de una imaginación inquietante y desbordante. En su comparecencia ante el impresionante consejo local, el instrumento de control es un ojo incrustado en un triángulo (evidente referencia a los Illuminati en su vertiente más ficticia), que constituye la primera aparición de Número 1 en la serie, aunque en una forma puramente “saurónica,” y que será retomada en el capítulo final e la serie. Tras ser condenado al Test de la Verdad, Número 6 desaparece por un agujero como si fuera el conejo de Alicia, y tras la alucinación roja y verde, aparece un desconcertantemente amable funcionario.
“You are afraid of yourself. And you are aware of that,” afirma el interrogador. Número 6 calla.
El prisionero es sometido una extraña máquina de la verdad que representa las mentiras y certezas con sombras chinescas de cuadrados y círculos, formas que por cierto reaparecen combinadas una y otra vez en la serie como por ejemplo en el test de aptitud al que Número 6 se somete en Arrival. Las preguntas y respuestas las hacen converger hasta el centro de la frente del interrogado ( localización de ese otro ojo, el tercero) para obtener así el sometimiento del individuo a la responsabilidad social. ¿Cómo funciona exactamente esta técnica? Lo desconocemos. De nuevo, como en el caso de Rover, nos topamos con la poderosa ausencia de una explicación mecanicista para los resortes de La Villa, aunque la verosimilitud pague el precio, como podrán argumentar los más fundamenrealistas de entre ustedes.

Los orígenes de todos estos componente se remontan al terror y paranoia surgidos a raiz causados de las notorias deserciones de varios espías aliados de renombre, quienes habían abrazado la causa comunista con un desconcertante y ciego ardor durante finales de los 40 y primeros 50. El resultante miedo a la infiltración subversiva fue de tal intensidad que consiguió permear la cultura popular. Como es bien sabido, en múltiples ficciones de la época subyacía el pavor a que El Otro, ya fuera tu vecino, como en La Invasión de los Ladrones de Cuerpos (Don Siegel, 1956) , o nuestros gobernantes, como en Quatermass II (Val Guest, 1957), no fuera quien parecía ser sino un títere controlado por instancias oscuras. Este miedo a la conquista alienígena/comunista del mundo se mezcla en Free for All con la obsesión de la ficción de espionaje por la idea del lavado de cerebro, materializada por lo general en la figura del asesino preprogramado o “candidato de Manchuria,” nacido para el mundo con El Mensajero del Miedo (John Frankenheimer, 1962) -un referente que, como iremos viendo, es capital para entender El Prisionero. Las tecnicas de anulacion de la voluntad en la spy fiction ya había encontrado un primer referente en la francesa La Chatte Sort Ses Griffes (Henry Decoin, 1959) y una subsiguientes encarnación en IPCRESS (Sidney J. Furie, 1965), mientras que el asesino teleridigido reaparecería con frecuencia a partir de entonces, como en Teléfono (Don Siegel, 1977), en la Trilogía Bourne (1980-90) de Robert Ludlum, en el episodio “The Mind’s Eye” (1991) de Star Trek: La Nueva Generación, o en el comic Wolverine: Enemy of the State (2004-05) de Mark Millar. Sin embargo, estas dos corrientes, la de la invasión silenciosa y la del lavado de cerebro, adquieren un sabor único al pasar por las manos de McGoohan: Aquí el control mental consigue limar cualquier arista potencialmente revolucionaria del candidato, diluye el discurso frontal de Número 6, le reduce a un autómata entregado, a un esbirro sin alma de La Villa, que repite eslóganes y frases carentes del más mínimo sentido, hasta el extremo de adoptar la voz de sus captores y exigir abiertamente a los ciudadanos que proporcionen información.
El que nadie en The Village sea quien parece ser no sólo se refiere a la posición de Número 6 como político mangoneado y mangoneador (Número 2 incluso cuestiona en un mitin que se pueda confiar en el aspirante), sino también a la posición de sus conciudadanos con respecto a él mismo. Y es que Free for All retoma la subtrama de las “observadoras” que ya aparecía en Arrival personificada en la compungida asistente del “difunto” Cobb: A cada residente más o menos sedicioso e importante parece que le es designada una mujer en la que se espera que éste confíe; una observadora que espía y vigila (“You are spying on me, aren’t you?”) y cuya lealtad hacia cualquiera de los dos lados es dudosa en todo momento. En este caso se trata de Número 58, asignada a Número 6 como su ayudante, y capaz de hablar tan solo un idioma de fonética lejanamente eslava. La sorpresa final, su doble faceta, aunque quizá no completamente inesperada, reafirma la dualidad de todo cuanto encontraremos en La Villa.

Porque sin duda uno de los elementos más perturbadores e irreales de la serie es la aparición y proliferación de dopplegängers (reales o figurados) y que en Free for All adquiere una intensidad notable. En Arrival, la aparición del jardinero/electricista de identica fisonomía, ya había sugerido la fabricación de clones con el fin de ser asignados a determinadas tareas. En este episodio, algo similar sucede con el personaje de 113b, a quien vemos simultáneamente ejercer de fotógrafo periodístico y de repartidor del Tally Ho para pasmo de Número 6. Pero podemos añadir otras muchas referencias a la multiplicidad de personalidades físicas. El hecho de que al comienzo del episodio Número 2 aparezca en la pantalla domestica del prisionero para acto seguido entrar por la puerta de su hogar solo parece explicable si él también, máximo responsable visible del tinglado, posee dobles y repeticiones. Cuando Número 6 trata de encontrar el Ayuntamiento utilizando el panel de información podemos contemplar asimismo como éste marca la existencia de al menos otro Número 6 (un tal 6h). En su comparecencia frente al consejo local, podemos ver a Número 2 flanqueado por doce individuos marcados con un 2 y una letra, 2a o 2j por ejemplo. Y por si fuera poco, nuestro protagonista se ve a si mismo desasosegadoramente duplicado en varios momentos: En primer lugar, contempla su propio discurso televisado a la vez que repite sus propios gestos. Más tarde, cuando ha tomado ya el control del puesto de Número 2 y mientras él y 58 juegan con el panel de control, podemos observar una serie de imágenes en tiempo real de La Villa, y entre ellas la del prisionero vestido con su traje negro pre-Número 6 (por lo que se infiere que esa imágen también sucede en directo). Pocos minutos después y mientras nuestro protagonista exhorta a sus conciudadanos a obedecerle y liberarse, si jugamos diestramente a lentificar la reproducción podemos advertir como al mismo tiempo éste aparece en un plano general de la plaza de The Village. Cierto es que todos estos fotogramas son material reciclado procedente del primer episodio y que el resultado de su inclusión podría no ser intencionado. Pero tal acumulación de bilocaciones y sosias hace que nos preguntemos si en realidad las aventuras que presenciamos son las de múltiples números 6 que habitan La Villa simultáneamente y que se imbrican y solapan entre si una y otra vez, en variaciones estudiadas y repetidas. La Invención de Número 6.

Por si todo esto fuera poco, Free for All está repleto de momentos y conceptos visualmente brillantes. Uno de ellos es la espeluznante escena en la que Número 6 trata de escapar de los esbirros de La Villa y se da de bruces con cuatro de ellos sentados alrededor de un Rover luminiscente, al que observan (¿adoran?) con gafas de sol puestas, mientras son a su vez observados por un pétreo busto de vigilancia. Quis custodiet ipsos custodes? Otro es el hecho de que The Village se conciba como un espacio fracturable que permite a Número 6 entrar al cubil de Número 2 por la cúpula verde y salir de él por una túnel subterráneo utilizando la misma puerta. Además, la realización y el montaje nervioso del episodio se encargan de realzar estos aspecto fantásticos. En particular, destaca el momento en el que Número 2 introduce a Número 6 en la vorágine de la campaña electoral con un paso de planos más o menos fijos y convencionales a la cámara en hombro y al pulso variable. La atmósfera de recogimiento, de detención del tiempo, rota tan solo por el ritmo acompasado del bombo, recuerda a la celebérrima escena de las trincheras en Senderos de Gloria de Kubrick, en quien McGoohan siempre reconoció a una de sus mayores influencias. Comparen ustedes mismos.
¿Orden? ¿Qué orden? Sin duda, Free for All ocuparía uno de los primeros episodios en el caso de que la línea narrativa de El Prisionero realmente existiera. Podemos ver a Número 6 irascible, agresivo, respondiendo con furia a su cautiverio, incluso rechazando con ira su numérica denominación. En su primer discurso a la multitud, Número 2 se refiere a Número 6 como un “recent recruit”. Otros muchos elementos reafirman esto: Como en The Chimes of Big Ben, se hace referencia a la posibilidad de que una vez revelada la información que The Village precisa de él, el prisionero será puesto en libertad; rara vez se alude a semejante posibilidad en episodios que parecen transcurrir más adelante. Número 6 desconoce la existencia de muchos aspectos de La Villa pero que sin embargo para nosotros ya son familiares. Por ejemplo, ha de buscar el emplazamiento del Ayuntamiento en el panel de información e ignora que no se vende alcohol o que Número 2 está sujeto a un mandato de doce meses (aunque esto último entrará en abierta contradicción con otros muchos futuros eventos de la serie). Que la continuidad ha sido despedazada queda aun más claro si cabe en este delicioso juego de palabras entre Número 2 y Número 6:
Número 2: Are you going to run?
Número 6: Like blazers. The first chance I get.
No. 2: I meant run for office!!
Esto sugeriría que Número 6 no ha logrado escapar de La Villa todavía aunque le vimos hacerlo (fallidamente) en The Chimes of Big Ben.
Pero a un nivel más sutil, Número 6 llega a preguntarse sobre la necesidad de La Villa de orquestar tan alambicados planes de dominación. “Why don’t you put us into solitary confinement and have done it with it?,” llega a decir. Y es que nuestro héroe aun no ha comprendido que la mas poderosa forma de distopía no es la que se cimenta sobre la coerción, como las que quizá acostumbró a ver durante su anterior vida como agente secreto, sino aquellas que se basan en la placidez de lo normal.
Dime qué Número 2 prefieres y te diré cómo eres: El nuevo Número 2 (un paternal Eric Portman) sostiene hacia Número 6 una actitud afable, benevolente y condescendiente y mantiene con él varios diálogos repletos de dobles sentidos, réplicas y contrarréplicas que se engarzan en verdaderas maravillas dialécticas. Número 6 contrapone una rebeldía evidente pero no desprovista de cierto respeto y contención. Como resultado, queda suspendida entre ellos una relación casi paternofilial. De hecho, cuando desayunan juntos al comienzo del episodio, no sorprendería que ambos fueran padre e hijo, conversando sobre asuntos mundanos mientras compartenunas tostadas con mermelada. Sin embargo, tras esa imagen venerable y algo frágil de un hombre abrumado por la responsabilidad del poder y que ahoga sus penas en etanol, se esconde uno de los mayores manipuladores contra los que Número 6 habrá de enfrentarse durante la serie.
Cultura popular: Como ya comentábamos en la segunda parte de los créditos, en El Prisionero se emplean con frecuencia melodías y expresiones populares y tradicionales. En este caso se utiliza la frase hecha “according to Hoyle”, que significa que algo se hace de acuerdo con las normas prescritas por una autoridad superior, y cuyo origen hace referencia a Edmond Hoyle, quien dedicó buena parte de su vida a formalizar por escrito y publicar las reglas de múltiples juegos de naipes. Por otro lado, suena “For He’s a Jolly Good Fellow” en el momento en el que una vez elegido como nuevo Número 2, el prisionero comparece victorioso frente a sus conciudadanos, súbitamente silenciosos, para después dirigirse hacia la cúpula verde a tomar posesión de su nuevo cargo. Curiosamente, como señalan Stevens y Moore en su estupenda guía sobre El Prisionero (Fall Out: The Unofficial and Unauthorized Guide to The Prisoner, Telos, 2007), esta universal canción comparte melodía con la infantil “The Bear Went Over The Mountain,” lo cual no sólo la relaciona con las referencias a la montaña y Mahoma en el primer diálogo entre Número 2 y Número 6, sino que además la otorga un cariz profético con respecto a lo que nuestro protagonista alcanzará tras su éxito electoral dado. Su letra reza lo siguiente:
“The bear went over the mountain… to see what he could see… but all that he could see… was the other side of the mountain.”
El detalle: La abundancia de referencias a los sonidos acompasados como posibles inductores de un influjo hipnótico. El primer acto del episodio termina precisamente con la imagen y sonido de un bombo, cuya omnipresencia en el episodio sugiere que ese sonido es el vehículo por el que los habitantes de The Village son subyugados y reducidos a meros robots que cantan y celebran. Por otro lado, Número 2 induce el primer lavado de cerebro de Número 6 con rítmicos golpes de maza de juez, en modo similar a como el prisionero cae en trance de nuevo cuando en su nueva posición de mando presiona con cadencia los mandos de control y Número 58 musita “tic, tic, tic…” Finalmente, en una de las imágenes más extrañas del episodio, un león de porcelana china ameniza musicalmente la velada a los asistentes al club local tocando la batería.

Otro detalle: Cuando Número 6 proclama la parte más radical de su programa (“I am not a number. I am person”), los asistentes al mitin comienzan a pitorrearse de él. En un momento dado, aparece ocupando toda la pantalla un globo amarillo con la palabra “Vote” escrita en él y a continuación explota: Un elemento claramente relacionado con la explosión de la palabra “Pop” sobre la Tierra en los créditos de The Alternate Chimes of Big Ben.

La curiosidad: El Número 2 de este episodio, Eric Portman, y una por entonces bellísima Nadia Gray, la Número 8 de The Chimes of Big Ben, coincidieron en The Spider and the Fly (Robert Hamer, 1949), un drama policiaco ambientado en el París previo a la Primera Guerra Mundial y en el que Portman interpretaba a un sagaz comisario obsesionado con atrapar a un ladrón de guante blanco quien a su vez era amante de la mujer fatal encarnada por Gray. La relación entre lo paternal y lo antagónico que el personaje de Portman mantenía con aquel ladrón guardaba un curioso paralelo con la que mantienen Número 2 y Número 6 en Free for All. Pero más curioso aún es el último gesto de Portman en el film, justo en el momento en el que despide para siempre de su rival quien se encamina a combatir en la terrible batalla de Verdún: Como saludo, junta sus dedos en un circulo y parece murmurar Be seeing you!

¿Dónde puedo ver este episodio? Aquí.
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March 5th, 2008 a las 7:39 pm
Absolutamente antológico.
Saludos
Victor K :
March 11th, 2008 a las 6:56 pm
Dr.Zito es usted la luz que nos guia en la compleja cartografía referencial en la que nos adentramos todos aquellos que hemos visionado el Prisionero armados únicamente con el mapa de nuestra intuición.
Un saludo cordial desde más allá del vórtice temporal.
higronauta :
March 12th, 2008 a las 1:13 pm
Si fuera otra serie, quizás le maldeciría, pero verme obligado, tras la tremebunda ingesta de información que nos ha facilitado, a revisionar el capítulo para poder disfrutarlo con esos microcosmos añadidos, no puede suponer mayor deleite.
Ya le digo que se ha superado y espero y deseo que consiga mantener esta línea analística.