Estamos ya tan acostumbrados a analizar la televisión desde la mirada resabiada que hemos desarrollado la propensión a contemplar la tendencia hiperconsciente e intertextual de la televisión actual como si fuera la propia naturaleza del medio. El paradigma de la convergencia en la cultura mediática ha arraigado con tal fuerza en nosotros, como espectadores y críticos necesariamente posmodernos, que nos cuesta entender que, en un momento dado, la televisión fue un invento tecnológico que introdujo formas de entretenimiento (y pensamiento) radicalmente nuevas. Lejanas quedan ya algunas aportaciones visionarias, como la que el sociólogo británico Raymond Williams hizo en 1972 en su artículo The Technology and the Society, que explica cómo la televisión contribuyó a un cambio social irreversible y en qué consistió tal cambio. Cómo, por ejemplo, la televisión, descubierta como posibilidad tecnológica, se desarrolló como un medio de entretenimiento y comunicación que se reveló lo suficientemente poderoso como para alterar todos los medios de comunicación y entretenimiento posteriores, y, a la vez, cambiar nuestra percepción de todos los anteriores. O cómo sus propiedades inherentes como medio electrónico alteraron nuestra percepción básica de la realidad y, en consecuencia, nuestras relaciones con los otros y con el mundo; o cómo, mientras hacía todo eso, a la televisión aún le quedaban fuerzas para inaugurar una muy rentable fase de una nueva economía de consumo doméstico. Es fácil olvidar, por tanto, que la televisión fue, durante muchos años, uno de los territorios privilegiados de la modernidad audiovisual (y aquí olvido voluntariamente al cine, puesto que una discusión sobre la relación entre cine y modernidad excedería con mucho los márgenes de este comentario). De hecho, la televisión bien podría haber sido considerada como el paradigma de los que muchos, a comienzos del siglo XX, llamaron vida moderna: el acelerado metabolismo que se catalizaba en las ciudades de crecimiento descontrolado, los choques y los traumas que producía la rápida industrialización y finalmente, el sentimiento de que uno se encontraba ante un mundo en el que, como dijo Simmel en 1903, «se acumulaban rápidamente las imágenes». La televisión no sólo capturó el mundo moderno, sino que llegó a actualizarlo, a expresar los violentos conflictos y la constante agitación en que se debatía. No es descabellado afirmar, por tanto, que, pese a su servidumbres económicas y tecnológicas, y también a pesar de las dificultades de todo tipo que los creadores experimentaron en su seno, la televisión anterior al siglo XXI fue una iniciativa técnica, económica y cultural íntimamente ligada al mito progresista y burgués de lo moderno.
Todo esto es evidente en el caso de The Twilight Zone. Tomemos como ejemplo el uso de la alusión como un rasgo reconocido tanto en el cine moderno como en el audiovisual posmoderno. En el caso del audiovisual posmoderno, la alusión carece, según numerosos autores, del valor hermenéutico que posee en el modernismo. En el audiovisual posmoderno, las alusiones no implican una esencia subyacente, sino la ausencia de tal esencia: las alusiones se invocan como ejemplos de un conocimiento que está separado por completo de cualquier objetivo sobre el que se quiera saber más. Pero en The Twilight Zone, como proyecto característicamente moderno, la alusión (que se realizaba normalmente sobre el campo de la literatura) tenía precisamente ese valor hermenéutico, el valor de interpretar lo anteriormente dicho en su justa y canónica medida. En Where is Everybody?, por ejemplo, se alude a la entonces incipiente carrera espacial y a los sacrificios que se suponía que estaban haciendo los aguerridos pioneros astronautas para realizar un comentario (y no un metacomentario) sobre el enorme esfuerzo que suponía la empresa de la exploración espacial. Se alude al mito popular del último hombre sobre la faz de la Tierra no como una fantasía adolescente mediatizada por millares de relatos, sino como una aterradora posibilidad real derivada del peligro de la aniquilación atómica; se alude a la manipulación mental como fruto factible de la ciencia coetánea (aunque hoy sólo podamos entender el tema como un delicioso objeto pop) y se especula sobre sus posibilidades técnicas y sus límites éticos. Por decirlo de un modo sumario: los temas tratados en el primer episodio de The Twilight Zone han devenido puro pop, pero en su momento fueron fruto de especulaciones más o menos serias íntimamente ligadas a temas derivados de la modernidad tecnológica y social. El tono grave de Serling al presentar, en voz en off, el capítulo y la serie entera (recordemos que cualquier chascarrillo estaba reservado para el final del episodio) refuerzan precisamente esa idea de explorar las zonas ignotas del conocimiento humano y, aunque hubiera mucho de impostura pulp en ellas, lo cierto es que aún hoy nos parecen de una seriedad abrumadora.
Where is Everybody? comienza con un hombre solitario en medio de una carretera. No se nos explica qué hace ahí, ni cómo ha llegado (lo cierto es que ni siquiera él lo sabe). El protagonista llega a un pequeño pueblo del medio oeste y comienza a explorarlo, sólo para descubrir que está completamente solo; entre divertido y alucinado, vaga por diferentes lugares y establecimientos, y va confirmando que, efectivamente, la vida humana ha desaparecido. Y eso es todo: a grandes rasgos, toda la primera parte del capítulo narra el hundimiento del protagonista en el abismo del pánico, incapaz, como cualquier persona sensata, de aceptar la horrible posibilidad de ser el último hombre sobre la faz de la Tierra. Sin embargo, el tercer acto reserva una sorpresa para el espectador…
En esos primeros dos actos, el relato avanza morosamente, tímidamente construido a partir de pequeños hallazgos visuales que van tejiendo un insoportable (aunque placentero) suspense asociado a la pregunta ¿dónde está todo el mundo? La predestinación del desenlace aparece clara ante los ojos del espectador, puesto que todas las hipótesis de lectura se van confirmando. Las virtudes de toda esa primera parte, por tanto, se hallan menos en el desarrollo argumental que en la convincente interpretación de Earl Holliman y en la realización de Robert Stevens, que pasea por los territorios de lo naturalista, a través de los largos planos de exploración del personaje, hasta entrar de lleno en lo inquietante por medio de un progresivo deslizamiento de la puesta en escena: del citado naturalismo al expresionismo característico del cine negro y del terror cuando el pánico se apodera del personaje, todo ello subrayado con extrema elegancia por una música de lujo creada para la ocasión por Bernard Herrmann. En el tercer acto del capítulo, el de la sorpresa, el relato se adentra en el terreno formal de la ciencia ficción, desplegando ante el espectador una iconografía que luego se haría absolutamente popular. El protagonista no está sólo en un inhóspito lugar de la Tierra, sino en un tanque de aislamiento, conectado a un sinfín de cables que monitorizan lo que, en realidad, es un experimento sobre la resistencia humana a períodos de larga reclusión en soledad. Es un astronauta. Los militares que observan el experimento deslizan la conclusión clave: el futuro viaje espacial tiene su mayor reto en la prolongación de la resistencia humana a la soledad, y sólo podrán participar en él los que tengan, como rezaba el título español del espléndido libro de 1979 de Tom Wolfe, The Right Stuff, “lo que hay que tener“. En la versión “novelada” del guión (hay edición española: The Twilight Zone. Los mejores relatos Volumen 1, Editorial Celeste), existía un twist final: el astronauta conservaba, aún después de ser extraído del tanque de aislamiento, una entrada del cine del pueblo que, en teoría, jamás visitó. Pero en el montaje final del episodio esa inquietante revelación no se produce, por lo que cualquier lectura sobrenatural está excluida. Vemos así que Where is Everybody? es una pura especulación inspirada a partes iguales en la ciencia ficción literaria, cuyos clásicos son el referente último de Rod Serling, y en las preocupaciones sociales reales de la época, y del mismo modo vemos que, más que nutrirse de discursos audiovisuales previos, parece dispuesta a alimentar a estos de radicalidad y experimentación. La ciencia ficción cinematográfica de los cincuenta es, sobre todo, aventura; la que se realiza a partir de finales de los sesenta es otra cosa, y a ello contribuiría, sin duda alguna, la modesta proposición de Serling. Y eso es más que suficiente para otorgar al primer episodio de The Twilight Zone la carta de naturaleza de radical experimento moderno.
Y ahora, sólo por jugar, comparen:
Where is Everybody?
Abre los ojos, Alejandro Amenábar, 1997.
28 Days Later, Danny Boyle, 2002.
Where is Everybody?
La cabina, Antonio Mercero, 1972.
Where is Everybody?
A Clockwork Orange, Stanley Kubrick, 1971.
Cypher, Vincenzo Natali, 2002.
Ficha técnica del episodio
Fecha de emisión original: 2 de octubre de 1959.
Guión: Rod Serling.
Música: Bernad Herrmann
Dirección: Robert Stevens
Reparto: Earl Holliman, James Gregory.
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November 20th, 2007 a las 11:08 am
Esta esperando esta entrega… Todo un articulazo, enhorabuena. Las referencias a películas contemporáneas son constantes en la serie, más que referencias, son plagios en toda regla.
Creo que Abre los ojos y Los otros, son dos batiburrillos de siete u ocho episodios de la primera temporada.
Jordi SN :
November 20th, 2007 a las 11:16 am
Gracias por el comentario. Sí, claro que son plagios, pero eso es sin duda porque la serie se grabó a fuego en la memoria de muchos. No creo que tenga mucho sentido hacer en cada capítulo una lista de las referencias posteriores, pero de vez en cuando sí que conviene recordarlas.
Espero que te sigan gustando los análisis.
Wimsey :
November 20th, 2007 a las 4:54 pm
Excelente artículo. Hay que resaltar el lujo de contar con Bernard Herrmann, simplemente el mejor compositor para el cine.
Alvy Singer :
November 21st, 2007 a las 1:13 am
QUÉ ARTICULAZO. Y ojo porque esto puede terminar en la máxima siguiente: la peor de las realidades, en el mejor de los casos es un gran capítulo de twilight zone. ¿No me dirán que no es la autoayuda más tranquilizadora del siglo?
Los Otros, por desgracia, al contrario que birth de Glazer, demuestra que Henry James va a ser siempre el tipo de escritor lleno de ideas rebosantes de modernidad, incapaz de ser entendido plenamente.
Jordi SN :
November 21st, 2007 a las 9:03 am
Gracias, Alvy. Su máxima podría quedar como aforismo de los grandes, grandes.
Y sobre Henry James… Bien apuntado lo de Glazer, pero, por el momento, yo me sigo quedando con The Innocents de Clayton. ¡Qué obra maestra sobre la incertidumbre ontológica! Los Otros puede ser entretenida y bonita para mucha gente, pero, hombre, una comparación seria es imposible.
Where’s Everybody? « Revolution in Toyland :
November 22nd, 2007 a las 12:09 am
[…] 21, 2007 by Jordi My second contribution to the EliTeVisión project. A commentary of The Twilight Zone’s first […]
John Tones :
November 24th, 2007 a las 8:49 pm
Gran post, Jordi. Me ha parecido muy interesante algo que a lo mejor para los que estamos algo más mayores nos resulta obvio (aunque complicado de asimilar), pero que la gente olvida a menudo (los mayores también): hubo un tiempo sin ironía. Hubo un tiempo en el que las cosas iban en serie y heredar temas del pulp y la novela barata no implicaba tomarse las cosas a chufla. Yo no viví esos tiempos, ojo, pero me parece triste que hayamos asimilado como natural la postura… justamente opuesta.
Jordi SN :
November 24th, 2007 a las 9:31 pm
Gracias, Tones. Ese es justo el punto de toda la parte introductoria del post. Supongo que no hay que insistir más, pero me parecía que tenía que quedar claro. Es que, además, sólo así puede entenderse una serie como The Twilight Zone; hay que contextualizar lo que hoy nos parece ingenuidad.
absence :
November 27th, 2007 a las 2:36 pm
Gran post, sí señor. Hasta ayer no pude remirar un episodio estupendo. Toda la primera parte gestiona brillantemente la tensión (¡esos maniquíes! ¡Esas máquinas que se encienden y apagan solas! ¡Esa puerta de la prisión que se cierra!). La segunda, donde se explica lo que está pasando, puede parecer un giro burdo (el típico despertar del sueño) si no se contextualiza, que es precisamente lo que aquí se hace.